La increíble historia del enterrador al que le daban miedo los muertos

ARTURO LUNA BRICEÑO


El cementerio de Pozoblanco se construyó a finales del siglo XIX.



Es un Campo santo que tiene algo más de un siglo. Poco tiempo para haber acumulado leyendas tétricas u otras más románticas en la que los muertos salen de sus tumbas, bien por amor o para poder concluir promesas o mandas que se dejaron incumplidas cuando se los llevó la parca.

Tiene una capilla o ermita en la que en su fachada, y sobre el dintel de la puerta se encuentra el único escudo con formato oficial que hay en Pozoblanco. Aunque el gallo mira para otro lado y bajo el brocal hay unas matas de espinas. Y por encima de él una espadaña en la que hay una campana para doblar cuando se acerca un entierro. Es un campanillo esquilón que tiene un sonido muy especial.

Quizás tenga huecos en el bronce por estar mal fundido o una pequeña grieta.

Lo cierto es que su sonido es lúgubre y su toque parece decir. ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!.

Y la verdad es que, al oírlo, si no vas con un traje de madera, todo te invita a volverte. Pero el cementerio tiene una historia que ocurrió coincidiendo con la emigración de mediados del siglo pasado. En una España en que la población rural cogió su maleta de cuadros, la ató con una cuerda, y cómo la Lola la Cantaora, se fue para otros lares en busca de pan, cobijo y a veces dignidad.

Manuel Cano Damián maestro nacional.
Su nombre se le puso al Grupo Escolar más antiguo de Pozoblanco.


En Pozoblanco fuimos muchos los que emprendimos caminos en busca de cumplir ilusiones o de mejorar de vida, entre ellos el enterrador, que junto a su familia vivía dentro del cementerio. Y al marcharse no se encontró a nadie para cubrir la vacante que dejó el emigrante, y mucho menos ocupar la vivienda vacía.

Así que fue el Ayuntamiento el que tuvo que designar a uno de sus asalariados para que cumpliera su jornada laboral en el campo santo.

Y estando un día el funcionario elegido, para tan piadosa función, tapando las rendijas de un nicho en el que en el día anterior habían enterrado a un difunto, oyó que en el interior de la tumba se producían ruidos. Eran unas respiraciones profundas. Un jadeo, que bien pudiera ser , que el muerto que ocupaba el hueco hubiera resucitado y tratase de apurar, con ansiedad, el poco aire que debía de estar quedando en el habitáculo, El forzado enterrador no se lo pensó, tiró las herramientas y salió del recinto cómo alma que lleva el diablo.

León Herrero uno de los mejores alcaldes de Pozoblanco bajo su mandato se construyó el cementerio y el Ayuntamiento viejo.


Avisadas las fuerzas vivas se presentaron con todo el protocolo que exigía un acontecimiento como el que les había narrado el enterrador.

Tras tomar las medidas legales se procedió a romper los ladrillos que cegaban el nicho. No se habían quitado muchos de ellos cuando del fondo de la hornacina apareció volando una lechuza de gran tamaño. Así asociaron que los silbidos de la lechuza encerrada se parecían a los aparentes jadeos que habían asustado al enterrador y se dio por versión oficial que la rapaz estaba dentro del nicho y al meter el ataúd se le tapó la salida y no pudo huir.

Caso zanjado para todo el mundo, menos para el enterrador, que desde entonces su miedo al oficio se convirtió en pánico y cada vez que se encontraba solo en el campo santo se salía del recinto y se sentaba en la puerta. Enterado el alcalde le mandó al jefe de personal para que comprobara la costumbre del asustado funcionario. Y efectivamente, sentado en el batidor de la entrada de la capilla del cementerio estaba el hombre. Nada más verlo el emisario municipal le dijo:

— ¡Tu qué! ¿De portero?

A lo que el enterrador le contestó.
— ¡Que va, de defensa!

Y el vigilante mandado por el alcalde molesto con la respuesta, le replicó:
— Pues te voy a sacar la media y te voy a dar la delantera.

Y el aludido, utilizando ese zumbe tarugo en que se mezcla la rapidez mental y la ironía le contestó:
— A mí me da lo mismo- y encogiéndose de hombros y sin inmutarse le espetó: Mientras juegue en el equipo...

Cristóbal de Sepúlveda y Quirós fue el último descendiente directo de Juan Ginés de Sepúlveda que
vivió en Pozoblanco.



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