Crónica de una visita inacabada

SATURNINO MUÑOZ
BELALCÁZAR


A lo lejos parece que una inmensa tela de araña ha capturado uno de los bastiones defensivos más impresionante de la arquitectura militar y palaciega de la Edad Media de los que aún se mantienen en píe en la Península. Desde la proximidad uno comprueba que esos hilos metálicos dan forma a peldaños, plataformas y sistemas de seguridad.

Ya no se escucha el graznido de los cernícalos y las lechuzas que anidaban entre las oquedades de sus piedras. Tampoco su aleteo al iniciar el vuelo. Ahora, el eco de esta arquitectura granítica oculta a todas las miradas sólo devuelve al exterior el sonido lejano de algunas palabras, comentarios, órdenes y conversaciones envueltas por el sonido que producen los útiles y herramientas utilizados en los trabajos de restauración.

Justo al iniciar la visita, uno puede contemplar como el tiempo parece haberse detenido en la fuente del pilar. Que también conoció tiempos de mayor esplendor y transparencia en sus aguas. Los viejos lavaderos esperan el cumplimiento de una lenta pero segura condena sino se pone remedio pronto. Fueron, en un tiempo no tan lejano para muchas personas, lugar de trabajo y ágora y plaza pública para las mujeres de Belalcázar.

Aún así, el agua siempre presente en todo el entorno da un toque de frescor al esplendor de una mañana de los primeros días de otoño. Uno de esos días en los que el sol se mantiene en su trono como astro rey. Agua que rompe todas las barreras y supera las paredes de los estanques para escapar buscando una senda de libertad en el arroyo que rodea al castillo. 



En sus márgenes, higueras, olivos y distintas especies de frutales conviven en una armonía que sólo la naturaleza puede proporcionar. El camino, espléndidamente acondicionado, deja atrás una antigua construcción convertida en albergue, para entre muros de piedra comenzar el ascenso hacia la fortaleza.

Justo al superar las últimas edificaciones una imponente valla establece una frontera y advierte de la prohibición de seguir avanzando. Carteles sabiamente colocados informan de los promotores y ejecutores de la obra. Toda publicidad es buena. Pero nadie ha pensado en el visitante que se acerque por primera vez a Belalcázar y desee contemplar este castillo. No hay ningún panel con fotografías del estado previo, con información sobre el objeto de los trabajos, su fecha de finalización y algunos datos del proyecto. 



La visita no puede acabar frente a una valla. Hay que buscar otros puntos de vista, contemplarlo desde otros lugares. Lo hacemos desde la A-422, desde el cercado de la penitencia, pero sobre todo desde distintas calles de Belalcázar. Desde muchas de ellas obtenemos vistas grandiosas de todo el conjunto y especialmente del palacio renacentista de uno de sus ángulos.

Pero al caminar por las calles de Belalcázar las miradas que buscan la fortaleza se ven gratamente sorprendidas y cautivadas por otras arquitecturas. Casas que conservan el antiguo aspecto de las viviendas de los Pedroches, colosales dinteles y la torre campanario de la iglesia de Santiago el Mayor que espía nuestros pasos a lo largo de toda la villa.

Dejamos Belalcázar intentando aventurar un calendario que señale el final de las obras y nos garantice la subida a la torre del homenaje. Para entonces las hadas habrán vuelto a convertirse en señoras del castillo siguiendo las enseñanzas de Gutierre de Sotomayor, que hizo de la audacia y de la astucia sus principales armas. 


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