Enfermedad terminal

SILVIA POZUELO JAUT


Llevo un largo tiempo intentando buscarle sentido a mi vida. Intentando saber cómo he llegado a estar viva, qué es exactamente ser viviente, y sobre todo qué justifica mi existencia. Si, como dicen muchos proverbios, hay un plan escrito para mí, o si por el contrario tengo en mi mano hacer lo que me parezca con esta enfermedad terminal que padezco que se llama vida. Porque sí, desde que respiramos por primera vez, contraemos la enfermedad degenerativa más bonita que hay: la existencia. Y como tal, sigue los mismos pasos de una afección. Cuando somos niños, no somos conscientes de su significado. Pero más pronto que tarde, conocemos el concepto de muerte. Sí, muerte. Esa palabra tabú que la sociedad actual se empeña en esconder, haciéndonos pensar que esta enfermedad que padecemos es tan solo una ilusión, que no existe, que es muy lejana. Groso error. Cuando se tiene algún tipo de padecimiento, y más cuando se sabe su final… ¿No es importante ser conscientes de ello hasta tal punto de explotar al máximo cada uno de los segundos en los que aún estamos vivos? Aún sabiendo nuestro final, postergamos muchas de nuestras decisiones, muchas de nuestras metas para “luego”. ¿Existe el “luego”? ¿Y si existe, qué es? ¿Dónde está su límite? Dejémonos de eufemismos, la muerte llegará, y hemos de ser consecuentes con ello. No sabemos si será mañana o será “luego”.

Sin embargo… aunque intentemos disimularlo, sabemos que hay un fin. ¿Podríamos soportar nuestra existencia sin la certeza de que existe este fin? El ser humano vive en la paradoja de hacer planes futuros hasta el momento más cercano a su muerte. Incluso tras esta, intenta dejarlo todo atado. Y por si fuera poco, intenta negar esta misma creyendo en la vida más allá del fallecimiento. Y si algo parecido existiera, no tenemos ninguna manera tangible de confirmarlo.

No hay duda de que la muerte física existe, pero también podemos hablar de muerte psicológica. Decía Cicerón que solo muere lo que se olvida, y por lo tanto tenemos la oportunidad de aun muriendo, no morir nunca, o tardar siglos y siglos en hacerlo. Tenemos la oportunidad de transformar nuestra enfermedad terminal en un virus en estado latente, y quizás sea difícil, pero no imposible. Veinticinco siglos después seguimos hablando de Platón o de Aristóteles, y casi treinta centurias hace de que Tales de Mileto se preguntara por primera vez cómo se formó el mundo, y una joven como yo sigue teniendo en cuenta sus razonamientos tanto filosóficos como matemáticos, después de tanto tiempo. Y tal vez sea verdad que mis pensamientos son un tanto utópicos, pero sin la utopía del ser humano, se hubiera llegado a bien poco. Internet fue no hace tanto tiempo una utopía.

Y respecto a lo del sentido de la vida… no sé por qué estoy aquí. Pero lo que sí sé, es que si hay algo que le dé sentido a la vida, eso es la muerte. Desde el primer momento en el que empezamos a nacer, empezamos también a morir. No se nos puede olvidar. Normalicemos la muerte, dejemos los eufemismos y asumámosla como un estado natural de la vida. El final de la enfermedad degenerativa más bonita del mundo. O el principio de la reminiscencia sin retorno.


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