Crónica de una final en una pista con nombre

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO 


Era la gran final del Open. Esa que se celebraba en domingo con la gente vestida para la ocasión. El día en el que acuden las autoridades. Se celebra en pleno agosto pero los más osados acuden con chaqueta a la pista. La gente se luce, quiere ponerse guapa.

Era un día todavía más especial. Era el homenaje a Fabián. Momentos complicados para la familia que aguantó recibiendo fuerzas que sentían del lugar donde vamos cuando las cosas acaban. Ese lugar que no es el final sino una continuidad más maravillosa que no conocemos los que vivimos aún.

No hay nada más hermoso que se acuerden de tu ser querido. Se agradecen los gestos, los detalles y la verdad. Lo peor es que en este tipo de actos se pasa mal. La emoción está, y peleas con ella para que no te derrumbe. La familia de Fabián aguantó y no era fácil pues como he dicho antes era una tarde de final de Open. Un domingo de agosto, de esos en los que Fabián tenía a todos donde quería. Las autoridades en el palco VIP, los tenistas en la pista y el público en la grada disfrutando del partido. Sara conmovió a los allí presentes. Su discurso se basó en agradecer el cariño recibido y en Marcos, quien era el escudero de Fabián en esta pasión que creó su padre. Los videos fueron pasando en una pantalla. Uno se da cuenta en estos videos-homenajes que los años no pasan en balde. Y que la gente de año a año envejece. 



El Open ha sido un evento en el que el acto se repetía siempre de la misma manera. Todo termina con el ganador feliz con su Copa. Se ve en las fotos de entrada al Recinto del Polideportivo. Todos los ganadores tienen esa cara de felicidad que da la victoria. Se la llevó Mick Lescure. También iba feliz aunque lo manifestara menos. Es serio. Un francés de los que saben agarrarse a la pista. Enfrente tenía a un jugador grande con golondrinas en la cabeza. David Pérez es de los tenistas que escribe poesía en pista aunque cuando algo no rima, rompe lo que tiene escrito. Y eso le pasó.

El partido tuvo dos capítulos. Uno primero emocionante en el que pudo ganar cualquiera y otro en el que David Pérez ya se había ido. Justo cuando perdió en el tie-break. Él es así. Se falla así mismo a pesar de sus maravillas internas como tenista. Segundos antes del partido me dijo que el francés había llegado muy entero a la final. También me soltó que quería ganar por Fabián y por la gente que había conocido en estos días. Es un tipo majo David aunque pueda dar una imagen equivocada. Un tipo feliz que, a veces, se siente incomprendido por sus caprichos. En el partido dejó la toalla justo donde yo estaba sentado. Venía a secar la raqueta y sus miradas fueron, poco a poco, reflejando su estado. Tras el partido, me agradeció el ánimo que intente darle pues yo quería que ganara él.

En el primer set estuvo a punto de conseguirlo. Fue una pelea en un callejón. Los dos devolvían los golpes. Los dos frescos, con ganas de comerse al otro. Sabíamos que el que ganara el primero sería el campeón. Se sabía. Ganó Mick. Y luego, lo de siempre. Si los tiburones se paran, mueren. David paró. Dejó se buscar en su interior esas fantasías que partieran al francés.

La gente iba con el español (como siempre). El martes , David, me dijo en la radio: “Si juego bien puedo hasta ganar el torneo”. No lo ganó. El que ganó algo más que el torneo fue Fabián. Una victoria es que te vayas y te recuerden. Esa la consiguió. Y esa es la más importante porque sabemos que no eres lo que vives, sino lo que dejas después de vivir. Eso fue lo que dejó Fabián, una pista con su nombre y la vuelta de un torneo que se había perdido. Ese torneo de finales en domingo, de gente vestida para la ocasión y con el tenis en la pista. Es decir, todo lo que le conté en el principio de esta crónica. 


No hay comentarios :

Publicar un comentario