Ave Fénix

SILVIA POZUELO JAUT


La supuesta atemporalidad del arte se vio cuestionada el pasado 15 de abril. Las llamas en Notre Dame nos recordaron de golpe que nada es eterno, y que el ser humano, por muy avanzado y omnipotente que se crea, fue incapaz de impedir que gran parte del monumento quedara devastado. El mundo entero contemplaba conmocionado e impresionado cómo una de las joyas góticas más emblemáticas del arte universal quedaba abrasada por las llamas. La Catedral de Notre Dame de París, que había sobrevivido prácticamente intacta a ocho siglos de historia, la Revolución Francesa, dos guerras mundiales y las innumerables agitaciones del pueblo francés, veía como su representativa aguja construida en el S.XIX y casi la totalidad de su artesonado, que data de los siglos XII y XIII, ardía bajo la mirada impotente de todo el globo.

Sin duda alguna, las sobrecogedoras imágenes del flameante edificio nos enfrentan a nuestra fragilidad, nos recuerdan que pese a todo, seguimos sometidos a la naturaleza y a su a veces impredecible fatalidad. Nos hacen pensar que nada perdura para siempre. Que hoy somos, pero mañana nadie sabe. Que hace una semana, Notre Dame estaba en perfecto estado, siendo visitada por miles y miles de personas. Hoy, está sometiéndose a un examen para determinar los daños causados por el catastrófico incendio. El mundo del arte llora hoy ante la pérdida de una de sus hijas predilectas, a la que concibió 1163 y dio a luz en 1345. 182 años de construcción que por poco desaparecen en apenas unas horas, bajo la atenta mirada de parisinos y turistas que, estremecidos, recuperaron los cantos del atentado de la sala Bataclan.

Porque si hay algo bueno de todo esto, es el sentimiento noble y la unión de una sociedad en torno al patrimonio histórico y cultural que simboliza el edificio. Son enternecedoras y a la vez inestimables las imágenes de los parisinos, fusionando sus voces en una sola, que apelaba a Dios para detener el siniestro, sumidos en la desesperanza, pero a la vez con la promesa del renacer de la edificación. Las familias más acaudaladas de Francia ya han empezado a donar millones de euros para su reconstrucción, la UNESCO garantiza también participación, y se están organizando recogidas de fondos para que todo aquel que quiera participar pueda hacerlo. En palabras del mismo presidente de Francia, Emmanuel Macron, Notre Dame será reconstruída, resurgida de sus cenizas, como parte de la historia, del arte, de la cultura, de la literatura y del patrimonio francés. Notre Dame de París se convertirá el día de mañana en el Ave Fénix.

No obstante, la catástrofe que ha sufrido la capital francesa, ha de servirnos a todos para reflexionar acerca de lo que realmente simboliza el arte, de la historia que contiene, de la humanidad que lleva en sus entrañas. En Notre Dame se coronó a Enrique VI de Inglaterra, se beatificó a Juana de Arco y el Papa Pío VII entronizó a Napoleón. Sufrió un duro revés con el asedio de 1793 durante la Revolución Francesa, y sobrevivió al levantamiento civil de 1871 que pretendía dejarla carbonizada. Notre Dame es la protagonista de la novela « Notre Dame de Paris » de Víctor Hugo, uno de los más célebres escritores franceses. Es el punto cero de Francia. Es el referente gótico por excelencia, cuya influencia es palpable también en muchas catedrales españolas. Es historia. Parte de nosotros. Y como ella, cualquier edificio que represente una época, un modo de pensar, un estilo artístico, un acontecimiento, un mínimo rastro de vida humana. El arte es la filosofía que refleja un pensamiento, y tenemos la obligación de hacer todo lo que esté en nuestras manos para salvaguardarlo.

El resurgimiento de las cenizas de Notre Dame servirá para concienciar a todos aquellos que aún no disciernen la enorme envergadura del arte. La historia del es mucho más que apuntes de instituto. Es el dirigente que aprueba un proyecto y lo financia. El arquitecto que diseña el edificio, el cantero que comienza a labrar los muros, el escultor que engendra un busto a partir de un pedrusco, el pintor que esboza el fresco que todavía hoy perdura. Es el pueblo al que le nace la devoción cuando se acaba un trabajo de tantos años. La huella que deja en todos aquellos que contemplamos, siglos después, el fruto del trabajo de nuestros antepasados. Es el ansia de conocer la maestría de nuestros predecesores, el irrefrenable deseo de la llamada de cultura. Son las conversaciones entre amigos en las que surge la pregunta: ¿Cómo es posible?

Hoy gran parte de Notre Dame está abrasada, y con ella arde también un fragmento de nuestra historia. Es momento de demostrar la unión de la humanidad, de reflexionar, y de luchar contra la fragilidad de lo efímero con apariencia de eterno. Es momento de que Notre Dame renazca. De que el Ave Fénix resurja de sus cenizas.


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