La fantasía de la feria

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO



La feria es como un recinto en medio de la nada, desafiando a la noche. Feriantes que venden hamburguesas y perritos calientes, gitanos que llegan para hacer tratos, familias enteras que se sientan en una caseta para pedir unas raciones de lechón y una cerveza bien fría. Actrices, cantantes, toreros, camareros, vendedores de manzanas de caramelo que están junto al puesto de las cañas que atrapan pececillos de plástico. Todo ello entre las luces de feria. 



Días en los que todo es conocer a gente, mucha gente, aunque no toda merezca la pena. Es feria. Cuentan algunos que una feria les cambió su vida. Cuentan otros que la feria solo divierte pero no cambia nada. Sin embargo, tiene algo la feria que no tiene el resto del año. Es la locura. ¿Quién no se inventó alguna en otro tiempo? ¿Quién no tiene un lugar de feria que recordar? Una caseta en la que bailó o se desmadró. Tiempos en los que queríamos verlo todo, descubrirlo todo. No pensamos nunca que ‘las barcas’ se quedarían quietas. Todo giraba como una atracción de feria. Se reflejaba la luz de las farolas en nuestros rostros juveniles y brillaban. Lo hacían sin que nos diéramos cuenta. 



Vivir en la infancia es vivir en la fantasía. Vivir en un mundo adolescente es vivir en un espacio donde uno no se cansa nunca, si acaso echa la ‘rebequita’ por si refresca a medianoche. La vida es un baile en el que vas cambiando de sala. Una feria con muchas casetas de diferentes músicas. Y es que la música es la que marca el compás de la vida. Lo que escuchas es lo que eres. 



Cuando llegan estos días de septiembre, nos paramos a pensar en lo importante que fue la Feria para nosotros y para muchos de nuestra generación. Vivíamos la llegada de las atracciones como un acontecimiento. Esa subida por la calle la Feria, entre puestos de turrón y puestos de lona verde, era especial. Y luego allí arriba bailar en una caseta nuestra canción favorita mientras caía la tarde. Cuando uno piensa en la feria, piensa en las voces melosas que han venido cantando, en los teatros que han ido pasando, en las aparecerías eternas, en las noches en las que la oscuridad era tan tierna y dulce que ocultaba casi todos nuestros defectos. Allí se robaban besos. Así se sucedían los días, casi iguales. La música entraba en el cuerpo como un whisky servido en una barra de chapa. 



Pero terminando con la infancia y empezando por la cabalgata del martes.. Todo comienza cuando por la calle se asoman veinte o treinta cabecitas grandes. Niñas y niños, aquí están los gigantes y cabezudos. Es la feria. La cabalgata de la ilusión. Cabezas adornadas de animales, bandoleros, payasos, brujas o famosos para las caras sonrientes de los chavalines. Descubridores de lo insólito. Tienen toda una vida por descubrir. Es lo que están haciendo ahora, Otros, ya más avanzados en edad, la siguen descubriendo aunque no le sorprenden tanto las cosas. O sí. Quién sabe. 




/Fotos: SÁNCHEZ RUIZ

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