Se ha ido una persona sencilla, humilde y casi anónima

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


El pasado sábado despedíamos en funeral religioso a Isabel Bejarano López, fallecida a los 55 años en el Hospital Reina Sofía. Era una persona poco conocida, salvo para sus vecinos de la Ramblilla, familiares directos y un grupo contado de amigas.

Yo conocí a Isabel cuando tenía 8 años a través de su hermano Miguel, cuando su familia se mudó a vivir a la calle Séneca y yo vivía en la calle Alfareros de Pozoblanco.

Recuerdo como una fotografía grabada en mi celebro la primera vez que entré en su casa, en 1970. La planta baja tenía un total de unos 10 metros cuadrados reales, con una mesa camilla, una silla, un váter con unas cortinas, un fregadero de un seno, y una pequeña cocinita. En la planta superior, a la cual se subía por una escalera de madera, había dos camas separadas por unas cortinas.

Allí vivían 5 personas, sus padres, los dos hijos y su abuela, que dormía en una desmontable en la parte baja. Era conocida como “la casita chica de la María”.A pesar de lo pequeñita que era la casa, cosa que me impresionó, me sorprendió gratamente el ambiente de amor que se respiraba en ella. La madre María, extrovertida, dicharachera y siempre con una sonrisa en los labios. Su padre, Antonio, alto, introvertido, callado y muy humilde, con el paso de los años y las muchas visitas que hacía a por mi amigo Miguel lo fui conociendo, y jamás le escuché decir una mala palabra, ni subida de tono. 
Tan solo lo vi alterarse cuando en la parte del sol del desaparecido campo de fútbol Virgen de Luna acudía cada domingo que jugaba su Club Deportivo Pozoblanco. Era el único lujo que se permitía.
Isabel, un año mayor que yo, tenía el carácter bonachón y alegre de su madre, mientras su hermano, dos años menor que yo, tenía el 80% de su padre, hasta en el físico.

Mi madre Luciana tenía un cariño muy especial con su madre, ambas de parecido carácter. Y como en aquellos años nos vestíamos bastante de segunda mano, cuando mi cuñado mayor Miguel (curiosamente, los tres con el mismo nombre), le daba a mi madre ropa para mí, ella exclamaba: “Mira qué bien, de todo esto, esta camisa y este jersey para el hijo de María”, de la misma forma que le llevaba ropa de mis tres hermanas para Isabel.

Miguel Bejarano jugaba bastante bien al fútbol, y siempre que podía lo escogía en mi equipo en los partidos que disputábamos en el callejón contiguo a la calle Mediodía. Allí todos éramos de la misma clase media, y lo poco que teníamos, un balón de goma, lo compartíamos en aquellos interminables partidos matutinos y vespertinos.

Cómo olvidar el día que mi madre nos hizo en su vieja máquina de coser las calzonas de fútbol, que fueron las primeras, las más sencillas, pero para los dos las mejores de todas las que tuvimos.

Compartí una buena parte de la infancia y adolescencia y desarrollé cierto instinto protector, como algo mayor que era, hacia mi amigo Miguel. Pasarían los años y se mudaron a la Ramblilla. Miguel tuvo que hacer las maletas con 23 años y se marchó en busca de trabajo a Alicante, porque en su tierra, desgraciadamente, no lo tenía.

Allí, junto a su mujer de Villanueva del Duque, ha formado una familia, con una hija que en la actualidad tiene 25 años y un varón de 19 años.

Isabel se quedó en la casa con sus padres, a los que cuidó hasta el último día de sus vidas. En los últimos años su mayor compañía era su perrito, además de sus íntimas vecinas.

Su hermano, a pesar de la distancia, siempre que podía venía a Pozoblanco, y en el último lustro aún lo tenía más complicado porque con la crisis se vio obligado a marcharse a Suiza.

El contacto no lo perdimos, ya que primero mi madre y después en compañía de mi hijo, también de nombre Miguel, acudían con regularidad a visitarlos y al fallecer mi madre, lo hacía mi hijo. Un par de veces se encontró con que llamó pero nadie abrió. Entonces mi hijo decía:” papá he llamado y no he escuchado ladrar al perro, Isabel debe de estar con su hermano en Alicante”.

El sábado le dijimos hasta siempre en la parroquia de San Bartolomé. Una iglesia especial por su Cristo que parece que te está hablando y porque reúne las esencias de pequeña, humilde y sencilla, como era la amiga Isabel.

Has emprendido el viaje para encontrarte con tus padres, que tienen que estar en el mejor de los sitios, porque dieron ejemplo en su vida.


Isabel, dale un abrazo muy fuerte a ambos de parte mía, del hijo de la Luciana López, la que tanto quería a tu familia y en especial a tu madre María. 


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