El sentido de la vida se descubre al final

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


El tiempo se escapa, escuchaba cuando era un escolar de aquella EGB de entonces. Creía que todo era cosa de adultos y de viejos. El sentido de la vida solo se descubre verdaderamente al final. Como si fuera una película en la que, a medida que avanza, vas descubriendo cosas. El hilo de nuestras vidas es el hilo de nuestra propia película. Y en ese tiempo van sucediendo muchas historias. Llega un momento en el que la vida se vuelve más real, menos importante y más descifrable. Es cuando se ve más el final que el principio.

La representación de nuestra vida puede ser, a veces, dramática y, a veces, cómica. Sin dejar atrás la acción y el suspense, que es lo que nos mantiene con vida. Mientras dure la vida, sigue nuestra representación. En ella, el tiempo es la clave. En ocasiones es demasiado pronto y en otras, como bien decía Sabina a su princesa, es demasiado tarde. Saber tomar decisiones en el momento adecuado. Y luego acertarlas.

Cuanto más tienes, más te pierdes. Y es que si te basas en las cosas externas, abandonas mucho más las que están dentro de ti. Cada vez más nos alejamos de lo real, de la cotidianidad del mundo en el que vivimos. Y también nos estamos alejando, cada vez más, del otro. 



La vida que llevamos es más individual y competitiva. Y así, en esa competición vamos empleando nuestro tiempo. Eso es penoso. El tiempo nos enriquece porque en él reside la complejidad de nuestra vida. Él nos mueve, nos gasta, nos pule y está con nosotros a hasta el final. Hemos creado un Dios que es el dinero. En él basamos nuestro tiempo. Y todo lo demás es perdido o se considera perdido. Nunca el tiempo es perdido si lo gastamos en enriquecernos humanamente. El tiempo acaba por devolvernos las cosas importantes que a simple vista parecían perdidas. Es por eso que, al final, lo que queda es el tiempo que ganamos en los demás, escuchando, ayudando o contemplando lo que teníamos al lado. El tiempo que perdimos fue el que empleamos en ser mejores que alguien que no nos pertenece. El tiempo acaba por encontrarnos aunque sea al final. Nunca se pierde.

También el tiempo se puede llevar al ámbito familiar. Como decía Martín Horga, cuando somos pequeños no sabemos distinguir bien quiénes son familia de verdad y quiénes no. Cuando somos adolescentes, no apreciamos bien, muchas veces, quiénes son los amigos íntimos y quiénes juegan a serlo. Luego el tiempo irá poniendo a todo el mundo en su lugar y en el lugar que ocupan en nuestras vidas. Y se deja claro quiénes son los familiares de circunstancias y quienes quedaron metidos en la sangre de nuestro cuerpo de verdad. También quiénes son amigos, conocidos e interesados en nuestra amistad. Las puñaladas, los cariños demostrados, los que siguieron viniendo y los que dejaron de venir nos dejan claro quiénes son los circunstanciales y los verdaderos. El tiempo es el que coloca. Por eso es necesario ocupar el menor tiempo en conocer a los que están al lado. Más que nada, por no extraviar ese tiempo que es nuestro y es corto.

Toda esta larga entradilla de tiempo la he utilizado para hablar de uno de los temas que está siendo actualidad en los últimos días. Me refiero a la obra de remodelación del Bulevar. Ese último tramo era el más romántico para casi todos. ¿Quién no ha jugado en la Cruz de la Unidad al fútbol o a los juegos de antes? ¿Quién no ha bailado en la verbena de San Antonio? ¿Quién no ha paseado por allí o ha quedado con alguien? Por eso a veces nos duele porque se instala en la añoranza de aquellos momentos que fueron y ya no son ni tampoco podrán ser. No nos damos cuenta de que el tiempo pasa. Igual que nosotros cambiamos, también lo tienen que hacer los lugares por los que hemos ido pasando.


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