La nueva enfermedad de este siglo

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


A nuestra sociedad, además de los problemas que buscan soluciones a medio y largo plazo, como la sanidad, la educación, el empleo, las pensiones, la ley de dependencia, ayudas sociales, etc., se le suma uno que es común dentro de los países considerados como desarrollados. Uno que, si no es nuevo, sí que empieza a agravarse, porque cada vez se dan más casos, y ese problema no es otro que la enfermedad de la soledad.

En los últimos tres lustros todos hemos podido observar el aumento masivo de personas que tienen animales de compañía en sus viviendas, mayoritariamente perros.

Analizando un poco el asunto, para mí esto proviene principalmente de una realidad: cada vez viven menos personas en una vivienda. Si hace 40 años lo normal era que la media de personas que habitaban un domicilio estuviera entre 6 y 8 personas, ahora podemos decir que hay muchas viviendas con dos personas e incluso con una sola persona, siendo cada vez menos los matrimonios que tienen dos o más hijos.

Esta falta de personas en una casa o piso ha propiciado el aumento desproporcionado en el número de mascotas, a las cuales se les da un cariño igual o incluso superior al que reciben las personas. Porque lo que hemos ganado con el progreso tecnológico a todos los niveles por otro lado lo hemos perdido en convivencia como humanos.

A continuación voy a relatar un hecho real de esta nueva enfermedad.

José María era un padre que por fin un día se decidió a visitar a sus dos hijos, que vivían juntos y que estaban a tan solo 16 Km. de su casa. A pesar de la escasa distancia llevaba casi un año sin saber nada de ellos.

La relación entre ellos siempre fue escasa, empeorando el día que la esposa de José María, y madre de sus hijos, los abandonó cuando su hija tenía 6 años y el varón 16. Por este hecho ambos quedarían marcados de por vida.

El propio José María no supo asumir su responsabilidad como padre ante el abandono de su esposa.

Actualmente su hijo Juan tenía 50 años y su hermana 40. Juan trabajaba como contable y se vio siempre en la obligación de proteger a su hermana Teresa, una niña frágil por la falta de la madre y nula atención del padre. Teresa dejó los estudios y encadenaba trabajos temporales, sumando bajadas de ánimo próximas a la depresión entre unos y otros.

Los años fueron pasando, y dejaron de cuidar las plantas, de hacer los pequeños arreglos de mantenimiento, deteriorándose cada vez más la vivienda, tanto exterior como interiormente. Teresa estuvo llamando a su padre durante meses, sin obtener contestación alguna.

Habían llegado a una vida prácticamente de ermitaños, lo que les llevó a quedarse atrapados en una tela de araña tejida a base de soledad que los aisló del mundo exterior.

Cuando el padre llegó a la puerta comprobó el estado de dejación de la vivienda. Se decidió a llamar a la puerta pero no recibió contestación alguna. Se asomó por la ventana del salón pero la mirada sólo alcanzaba a ver la mesa con restos descompuestos de comida. Inquieto por lo que estaba pasando fue en busca de un cerrajero. Él presintió que algo horrible había ocurrido, sintiéndolo hasta en el aire denso que vaticinaba un hecho irreversible.

Una vez abierta la puerta el cerrajero permaneció ante la misma, mientras que el padre avanzó por el salón y en el sofá la visión de los cuerpos momificados de sus hijos le golpeó con virulencia. Llevarían muertos aproximadamente unos nueve meses.

Muertos, solos. Juntos, amarrados por el abandono hasta la muerte final. Vivieron tan solos como murieron.

El padre cayó de rodillas ante los cadáveres gritando y tapándose la cara con las manos.

Los últimos minutos con vida de los hermanos fueron en una noche cuando acababan de cenar. Juan bebió un vaso de leche y después abrió suavemente la llave del gas. Corrió a sentarse junto a Teresa. Ella le espetó, oye hermano… me está entrando un sueño… el efecto del gas era rápido. Creo que me voy a ir a la cama, ¿no te importa? Él le contestó, mejor quédate un rato aquí conmigo.

Los hermanos estiraron sus cuerpos en direcciones contrarias apoyando las respectivas cabezas en cada uno de los extremos del amplio sofá, hasta que un nebuloso sopor invadió sus conciencias.

Así nos hacemos compañía, repitió Juan con visible dificultad, ¿sabes una cosa hermana? Te… quiero…

Y los párpados cayeron por su propio peso. Teresa ya no podía oírlo.

Habían entrado en otro mundo, en el que ningún hecho material importa, no importa ni siquiera el dolor de vivir en la más profunda soledad.


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