Recuerdos de mi calle

ARTURO LUNA BRICEÑO


A la memoria de Cesar Fernández, misionero salesiano que nació y se crio en ella.

Hay días que la nostalgia me invade y me sumerjo en los recuerdos de la calle en que nací y viví mi niñez. Me gusta repasarla, casa por casa, tal como yo la conocí. Pienso que muchas casas ya no tendrán el aspecto de antaño y que serán otras gentes y otras familias las que las habiten. Y ahí comienzo a pasarle lista a los amigos que hice en mi calle, si viven o no. Que habrá sido de ellos después de tanto tiempo y tanta distancia.

Y hoy he pensado en Antonio Cesar Fernández, el misionero salesiano asesinado en Burkina Fassio. Nosotros lo conocíamos como Cesitas, era hijo de Don Cesar, el Administrador de Correos y que también fue mi profesor de Filosofía cuando hice el bachillerato. Cesar era el tercer hijo de los cuatro, descendientes de la familia de Don Cesar, y el único varón.

Hoy la tristeza me invade y he buscado entre las viejas fotos, aquellas que nos hicimos en el patio de la escuela de mi madre y he encontrado una en la que estamos, Cesar y junto a él mi hermana Tere. Y también identifico a sus hermanas Pilar y Juani. Falta la menor: Patro. Una foto en la que hoy hay varias ausencias.


Foto de César con otros niños.


Hay que ser muy valiente y muy generoso para ir de misionero a África. A Burkina Fassio que es el país más pobre del continente africano y uno de los más peligrosos. Pero Cesar lo hizo y estaba feliz de estar allí. La vocación religiosa es una de las virtudes más loables con la que se enriquece el ser humano. Cesar la tenía y la cimentó en la profunda religiosidad de su familia y pienso que también en el amor que mi calle le ponía a las fiestas religiosas que compartíamos.

En Pozoblanco, en esos años de las décadas de los cuarenta y los cincuenta del siglo pasado, las pandillas de críos estábamos organizados en torno a la Cruz del Barrio. Mi calle, es su mitad alta pertenecía a la Cruz de la Carretera y en su mitad baja a la Cruz del Risquillo. Y la principal fiesta que celebrábamos era la de la víspera de la Exaltación de la Cruz. La hacíamos en el anochecer del día 2 de mayo en que, tras haber montado un chozo, con la leña recogida los días anteriores, y una vez oído el toque de Ánimas de Santa Catalina, prendíamos fuego al candelario junto a la Cruz. 


César en la foto anterior.


Otra fiesta la celebrábamos al amanecer del día 24 de junio, pero antes habíamos pedido prestados los cencerros a los ganaderos de la calle, y con ellos montábamos la cencerrada para despertar a San Juan Bautista, del que se decía, imagino que en los Evangelios Apócrifos, que se había quedado dormido cuando iba a bautizar a Jesucristo. O algo así.

Otra fiesta, una procesión, en que el protagonista era un farol que se había labrado con una sandía. Una fiesta que ya celebraban los judíos y los primitivos cristianos, y que al parecer se hacía para agradecer la llegada de las frutas del verano.

Se alternaban las fiestas con las muñecas de San Isidro. Las gachas en honor de San Diego. La quema del Judas, que se colgaba en medio de la calle, y Don Esteban lo rociaba de gasolina y le pegaba un tiro para que saliera ardiendo. Con el judas purificábamos la calle dejando que ardieran los lutos de la cuaresma y el dolor de la Semana Santa. Y por último Navidad, cuando formábamos las cuadrillas para ir a cantar los villancicos y pedir el aguinaldo casa por casa, en las que nos anunciábamos diciendo: ¿Cantamos o rezamos? Porque si la casa estaba de luto rezábamos un padrenuestro por el alma del difunto. 


Ntro. Padre Jesús Nazareno (Sayones) ante la casa de César.


Hoy ya no están las cruces. Y el farol que se hacía con la sandía lo han cambiado por una calabaza de “jalogüín”. Y mi calle, y muchas más, no marcan el tiempo con las fiestas religiosas. Pero estoy seguro que Cesar, en su misión de Burkina Fassio, les hablaría a sus catecúmenos de todas estas fiestas que él vivió en la Calle de Santa Ana en la que nació y forjó su gran vocación y su gran humanidad. Dios te lo tenga en cuenta y te conceda la palma de mártir.


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