Las historias de mi padre (XI)

ANTONIO ARROYO CALERO


Un nuevo brote de colonialismo europeo aparece en el siglo XIX.

El crecimiento de la población europea como consecuencia de la revolución industrial, la necesidad de conseguir materias primas y fuentes de energía, la aparición en escena de nuevos y potentes estados como Alemania e Italia que desean emular a tradicionales países colonizadores europeos, la mejora en los medios de transporte y la sensación de supremacía del hombre blanco sobre el resto de las razas, hacen que este siglo sea testigo de diversos procesos de colonización europea sobre territorios de África.

España que, en ese momento, ya era una potencia en declive y que ha perdido gran parte de su imperio en América, no quiere quedarse atrás y también se suma a este proceso colonizador en la zona norte de Marruecos.

En 1859, siendo reina de España Isabel II y presidente del Consejo de Ministros el General O´Donnel, el ejército español al frente del General Prim inicia una guerra contra el sultán de Marruecos .

La guerra durará cuatro meses y el triunfo será para las tropas españolas .

Se firmará el tratado de Was-Ras, con condiciones muy beneficiosas para España y se iniciará un proceso de dominación en la zona del norte de Marruecos que en 1912 se convertirá en Protectorado y que durará hasta 1956.

El general Prim vuelve a la península en olor a multitud. Se trae de allí un título nobiliario “Marques de los Castillejos” y varios cañones aprehendidos al enemigo que, una vez fundidos, servirán para fabricar los leones que, aún hoy, presiden las escaleras de nuestro Congreso de los Diputados.

El ejército victorioso acampa en una zona desocupada al norte de Madrid en la espera de hacer una entrada triunfante en la capital. Nunca se produjo este desfile triunfal. La acampada se fue prolongando y con el tiempo el lugar se convirtió en los que hoy es el barrio de Tetuán.

Las expectativas económicas que despertó esta aventura colonizadora no se cumplieron. Solo algunas élites políticas de Madrid ( Conde de Romanones o el mismo Rey Alfonso XIII) y los militares de profesión se beneficiaron de esta situación. Los primeros obtuvieron beneficios con la explotación de yacimientos mineros en el Riff. A los segundos les vino muy bien la guerra de Marruecos para conseguir rápidos ascensos en su carrera militar.

Para la nación, en general, fue un derroche en dinero y, sobre todo, en vidas humanas, especialmente de jóvenes pertenecientes a las clases humildes pues las familias acomodadas pagaban para que sus hijos no tuviesen que ir a este matadero ( “soldados de cuota”).

Jóvenes soldados de nuestro pueblo también pagaron con su sangre. Pozoblanco los recuerda y honra con una placa en la fachada del Ayuntamiento, que aún permanece, y en la que se puede leer lo siguiente: “En honor de nuestros paisanos muertos en África. Pozoblanco 8 Diciembre 1924”.

Los habitantes del Riff eran gente rebelde y belicosa. El tiempo que duró la ocupación lo fue de continuas refriegas. Los periodos de paz se lograron mediante sobornos a los jefes tribales que estos incumplieron de forma reiterada.

En 1921, ocupaba el puesto de la Comandancia Militar de Melilla el General D. Manuel Fernández Silvestre militar mimado por el Rey pero de mediana capacidad estratégica como demostraría.

El ejército de África, mal pertrechado, lo componían soldados bisoños de escasa preparación y una oficialidad, en parte corrompida, que incluso vendía clandestinamente armas y municiones a los rifeños.

El 22 de Julio de 1921, el General Fernández Silvestre ordena una serie de ataques contra algunas tribus rebeldes agrupadas bajo el liderazgo de un joven rifeño Abd-el-Krim. La ejecución de la acción militar es un desastre. El ejército español se despliega en exceso lo que permite al enemigo aislarlos en “blocaos” y uno tras otro ir acabando con ellos.

Se calcula que durante este día y los siguientes los muertos españoles superaron los 15.000. En Melilla se decía que los buitres solo comían carne “de comandante para arriba”. El desastre es total. Para la historia quedará como “El desastre de Annual”.

El General Fernández Silvestre murió al día siguiente de iniciarse la batalla. No se sabe como pues su cuerpo nunca fue hallado. Ocupó su puesto el General Navarro, 2º Jefe de la Comandancia, quien ejecuta una retirada ordenada haciendo frente a los rebeldes que lo sitian en el Monte Arruit. Resistió con gran heroicidad lo que supuso la salvación de Melilla a la que le dio tiempo para recibir refuerzos. Al cabo de once días, el 9 de Agosto de 1921, sin municiones , sin comida, sin agua y autorizado por sus superiores rinde la posición, en contra de su voluntad, previa negociación con los rebeldes que se comprometen a respetar la vida de los sitiados. No cumplirían su promesa. De los 3.000 soldados sitiados solo sobrevivirán 60. El resto fueron degollados.

El General Navarro fue hecho prisionero. Su cautiverio se alargó durante año y medio, tiempo en el que fue sometido a insultos y vejaciones. Fue liberado, junto a otros supervivientes en 1923 previo pago de un rescate que el empresario y acaudalado D. Horacio Echevarrieta financió de su propio dinero.

El Gobierno concedió al Sr. Echevarrieta el título de “Marques del Rescate” que rechazó pues era hombre de ideas republicanas. Luego se arruinaría con la Republica.

Se dicen que pago la cantidad de 2.000.000.- de pesetas de las de aquel tiempo.

Contaba mi padre que cuando el Rey Alfonso XIII fue informado del rescate y de su importe, comento con desprecio: “ No sabía que estuviese tan cara la carne de gallina”.

El General Navarro moriría en los primero meses de nuestra Guerra Civil. Unos milicianos lo detuvieron en su domicilio de Madrid y lo fusilaron en Paracuellos del Jarama.

Y ésta era una de las muchas historias que contaba mi padre.


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