Legado prehistórico de Los Pedroches. Patrimonio ignorado

JUAN ANDRÉS MOLINERO MERCHÁN 
(Doctor por la Universidad de Salamanca)


LA NOCHE DE LOS TIEMPOS. La expresión con la que siempre aludimos al pasado remoto, en los libros de historia y guías turísticas, existe de forma contundente. Cosa bien distinta es que nuestro desconocimiento sea grande; no por nuestra culpa, sino por un sinfín de razones. La arqueología no está de moda. Tal vez sí lo esté en los grandes conjuntos que venden mucho (Itálica, Mérida; Medina Azahara, Ategua, Almedinilla en Córdoba, etc.), aliados de los mass media por su dimensionalidad y espectacularidad (lo grande y majestuoso, ciudades exorbitantes, bellezas descomunales), pero los reductos más simples y domésticos…, esos que no se mueven en el mundo del sensacionalismo duermen el sueño de los justos: teniendo amplísimos valores históricos, artísticos o antropológicos (aunque no sea tanta la monumentalidad ni calidad artística).

En la comarca de Los Pedroches algunas manifestaciones prehistóricas son muy notorias, como El Megalitismo. Se trata de un legado histórico-artístico añejo (II y III milenio a. c) en su afloramiento, que ve la luz hace un siglo –como en la mayor parte de España– al tenor de hombres avezados que no eran propiamente del campo de la arqueología, convirtiéndose en los mayores especialistas: hombres eminentes de los años veinte del pasado siglo, como Don Ángel Riesgo (ayudante de montes) , D. Manuel Aulló (ingeniero de Montes), D. Antonio Carbonell y Trillo Figueroa (geólogo, ingeniero de minas), que con la antorcha abrasadora de la curiosidad se embargan en los descubrimientos prehistóricos (y de otras etapas). Especialmente destacan, por sus fructíferos resultados, los vestigios del Calcolítico, las manifestaciones megalíticas de las grandes piedras enterradas en el campo durante milenios. Muy especialmente en la parte suroriental de la comarca, donde son abundantes y varias proyectando formulaciones y cronologías: dólmenes, galerías, simples monolitos, etc. En nuestras cabezas resuenan los topónimos tradicionales asociados a descubrimientos dolménicos que tanto desconocemos: Atalayuela, Toreznero, Fresnedilla, Tono Almagreras, Navas; al Este Peñón de las Aguilillas, Peñasco de Navalmaeestre, Collado de los Locos, Navalazarza, Venta Alhama (muy contundentes entre los interfluvios de los arroyos Matapuerca y Navaltrabado, afluentes del río Gato).

Qué ilusión tan grande debíó sentir, correteando y aburrido por los campos de Los Pedroches, el guardián de los montes Don Ángel Riesgo poniendo su tiempo al servicio del descubrimiento; como él mismo señalaba, la monotonía y aridez de su trabajo forestal le habían llevado a buscar distracción en la arqueología durante su tiempo libre. La fortuna quiso agraciarle (a él, y a nosotros) no pocas veces con infinidad de megalitos (cerca de 30 entre 1.921 y 1933). No menos ilusión y trabajo derrochan los mencionados ingenieros Don Manuel Aulló y Don Antonio Carbonell, polifacéticos y entusiastas hasta la médula. Sin embargo, aún en nuestros días es un patrimonio ignorado y completamente desconocido por la mayoría de los vecinos de la comarca. A pesar de los trabajos sucesivos a lo largo del s. XX, carecemos de estudios contundentes sistemáticos, enterizos y globalizadores de toda esta inmensidad de los bienes existentes. Existe una percepción general de ser acercamientos esporádicos, de vestigios dispersos sin concepción unitaria, sin los imprescindibles nexos comparativos con regiones limítrofes.

El mundo de la Prehistoria no es simplemente una curiosidad que entienden algunos, es una parte de la Historia sustancial que explica nuestros orígenes. Es cierto que la lejanía en el tiempo nos hace perder la perspectiva, observando los descubrimientos simplemente como un hecho sorprendente y fortuito (como caídos del cielo); a menudo los observamos como objetos artísticos que nos conmueven por la belleza y capacidad de unos hombres antiguos que entendemos inferiores a nosotros (que no es cierto) que movían grandes piedras de forma increíble. Desgraciadamente no atinamos la verdad en su conjunto, toda vez que se trata de producciones excepcionales de nuestros ancestros que asientan las primeras piedras de nuestra civilización; quienes ponen los primeros escalones de una gran escalera que se ha ido construyendo al tenor del tiempo, no por mayor capacidad, sino con inercias de progreso y avances paulatinos. Sin embargo, más allá de esas lecturas alicortas, los vestigios prehistóricos – aún en su mezquindad (pocos y desaparecidos aún)– constituyen un pilar fundamental de conocimiento. Se trata de piezas y conjuntos arqueológicos que guardan celosamente formas de vida específicas, con soportes económicos asociados que hay que comprender; estructuras sociales que están impregnadas en las piedras, porque los conjuntos monumentales no se hacen de forma caótica por cualquiera, sino por una colectividad que está jerarquizada, por unos maestros que tienen presupuestos técnicos suficientes para levantar esas moles. Los vestigios arqueológicos nos trasmiten, en fin, una mentalidad importante de una etapa del ser humano; una filosofía de vida y unas creencias que le dan sentido a su existencia. Tal vez no sean las nuestras, y disten regiones abismales de nuestro mundo, pero son las formas de sentir y vivir de nuestros antepasados.

Conocer y recuperar nuestro legado histórico de forma fehaciente constituye una tarea pendiente. Fuera del esnobismo de la espectacularidad; más allá de los intereses puramente economicistas y de promoción –que también se deben aprovechar–, sino con el sincero objetivo de entender nuestra Historia y comarca, que no es simplemente una panoplia de eventualidades históricas desde la Edad Media. Los Pedroches tienen también, como no puede ser de otra manera, orígenes ancestrales.


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