Thanatos

PEDRO JESÚS ARÉVALO FRUTOS
(Licenciado en Medicina y Cirugía)


Conforme voy cumpliendo años he ido perdiendo la costumbre de encender ese aspersor de estiércol que tenemos en nuestras casas y al que llamamos televisión. En esta ocasión, la caja tonta fue quien sintonizó conmigo, al encontrarse con ella mi mirada insomne mientras tomaba el tercer café de la jornada. Mostraba la pantalla a un hombre atribulado, rodeado en semicírculo por una piara de esas hienas audiovisuales a la que se denomina hoy día tertulianos.

Despertó mi interés. Cual presa, recibía a modo de dentelladas las preguntas de esta caterva de fieras, un tanto apabullado. El objeto de la polémica era un vídeo en que dicho hombre entonaba el mea culpa como instrumento de la parca, al acercar un vaso con una pajita a la que a la postre sería su difunta esposa. Ella, otrora secretaria, había visto su domicilio convertido en una compleja cadena de montaje donde barandillas, grúas y sillas de ruedas le servía como sustento para la movilización. Ella, enferma desde hace 30 años de esclerosis múltiple, había manifestado en varias ocasiones su voluntad de morir. Dada la progresión inexorable de la enfermedad había visto reducida su existencia a su mínima expresión, hablando al borde de la asfixia, con notoria rémora en visión y audición, con dificultad para la deglución de todo alimento. A pesar de todo esto, el mayor de sus temores era la repercusión que podía suponer para su pareja al actuar como lazarillo de la muerte.

El vacío legal existente sobre la eutanasia en nuestro país le llevó a la detención, pasando la noche de dicho día en un calabozo de una comisaría de Madrid, para a posteriori ser puesto en libertad sin medidas cautelares. Haciendo propio el patriotismo tan en boga en la parrilla política nacional por parte de aquellos levemente escorados a la derecha, me dispuse a practicar el deporte nacional, véase opinar. Con el agravio al publicarlo de que es proporcional a la exposición de tu opinión la posibilidad de quedar como un perfecto imbécil. Díganselo si no al obispo de Alcalá de Henares, quien pidió a colación de esta noticia, que “los enfermos debían sufrir como Cristo”. Pues no considero que el sufrimiento sea directamente proporcional a la fe que se profesa, por mucho que estemos en los prolegómenos de Semana Santa. La gota que colmó el vaso y el combustible para este artículo fue ver a la presentadora, en un alarde de inmundicia, preguntar a ese pobre hombre si su acción buscaba influir en el próximo resultado electoral. Hay que ser miserable.

Etimológicamente hablando, eutanasia se escinde en “eu“, prefijo griego que significa bien, y “Thanatos”, que en la mitología griega personificaba la muerte sin violencia. En nuestro país no es un tema desconocido, basta rememorar el caso del tetrapléjico gallego Ramón Sampedro. Interpretado por Javier Bardem en “Mar adentro”, nos había expuesto el pórtico de su alma en el duro relato de “Cartas desde el Infierno”. Nos encontramos en este caso con una colisión frontal entre la voluntad del enfermo y la legislación vigente. Tan polémico fue entonces como ahora. Y tan difusa ha sido la respuesta de la fuerza judicial ahora como lo fue entonces. Pues ya saben la costumbre patria de optar por pasar página ante problemas inconclusos en lugar de abordarlos, no remuevas el palo que huele más, díganselo si no a todas aquellas familias que buscan un atisbo de dignidad en las cunetas de este país.

A nivel legislativo no encontramos una respuesta firme y adecuada a situaciones de este calibre, algo que resulta paradójico dada la comparativa con países de la misma región europea. A título personal, considero la libertad como derecho fundamental y supremo del ser humano. Enfrentamiento, en una sociedad como la actual donde la felicidad no es una opción o una decisión, sino necesariamente una impostura. Impostura que cae cual castillo de naipes al ver que la realidad discrepa bastante de ser un anuncio de Mr.Wonderful y se asemeja más a una novela de Michel Houellebecq. Debe reclamar así el sujeto su derecho legítimo a estar triste, o parafraseando a “El Chojín”, “ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites”. Siempre me planteo en estos casos la siguiente pregunta: ¿Quién coño (y coña; por aquello de la paridad lingüística de la RAE) soy yo para decidir sobre la vida de otra persona? Similar envite se me presenta al juzgar la moralidad de Amancio Ortega en donaciones para blanqueo de capital o la decisión sobre la licitud del aborto. Quizá resulten estas dudas un tanto inquietantes, dado el ejercicio de la Medicina que desempeño. Eso o que tras limpiar unas gafas siempre sucias cual Stephen Hawking he alcanzado a ver más allá de mi ombligo y atributos masculinos.

En conclusión, nos encontramos ante un pulso del “Primum non nocere” del juramento hipocrático versus el riesgo de caer en el encarnizamiento terapéutico, al prolongar bajo notorio sufrimiento de forma artificial la vida. Entre el derecho de dignidad recogido en la Constitución y la prohibición de la eutanasia en este país. En complemento de una doble moral, amparada por el derecho a morir dignamente para argumentar el denominado suicidio asistido. No se trata de institucionalizar la eutanasia, sino de abrir un marco legal que en casos de amor y a petición, no se haga un reproche penal que justifique la entrada de esa persona en prisión. Siendo ecuánimes si no consideramos la opción capital de la pena de muerte no podemos ignorar así mismo la eutanasia. No podemos condenar a morir, pero tampoco condenar a vivir.


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