La repoblación cristiana de Los Pedroches

ARTURO LUNA BRICEÑO


Tras la toma de Córdoba en 1236 por Fernando III el Santo, las gentes de Castilla acuden a repoblar las tierras del sur. Muchos castellanos se aposentan en el fértil Valle del Guadalquivir. ¿Pero quiénes lo hacen en la sierra cordobesa y Los Pedroches terreno más duro, abandonado y pobre?

Esta pregunta se la hizo Antonio Jaén Morente en su “Historia de la Ciudad de Córdoba”: “Pero no está fuera de lugar esta pregunta de: ¿cómo se formó étnica y espiritualmente nuestra ciudad?, ahora que empieza a vivir una nueve época, porque en ella este quizá el germen de hoy. Y pueda seguir la demostración. Porqué hablan y como relicario conservan ese castellano tan fuerte y tan puro los hombres de la Sierra de Córdoba, singularmente todo el Valle de los Pedroches”.

Excelente intuición la de este historiador que es capaz de ver a través de los paisajes, los usos, las costumbres y las formas de expresión la diferencia entre Los Pedroches y las Vegas del Guadalquivir. Y estaba en lo cierto porque no fueron repobladas por los mismos colonos. 



La política castellana para poblar los espacios reconquistados aconsejaba dar las tierras de las fronteras a los nobles, mientras que los predios que quedaban en retaguardia los solían conceder a las Órdenes de Caballería o a los realengos municipales de las ciudades que se reservaba la Corona.

En el ensayo histórico: “Castilla, el nacimiento de una oligarquía” de Jesús Rodríguez Cortezo (Historia y Vida nº 136; año 1.979) encontramos conclusiones que parecen venir a dar respuesta al historiador cordobés, Antonio Jaén Morente.

“En una primera fase, la invasión de Andalucía se configura como una ocupación meramente militar, permaneciendo en los campos sus habitantes musulmanes, no así en las ciudades, de las

que son expulsados, para ser sustituidos por los conquistadores. La repoblación urbana, hecha bajo un signo militar, no da lugar a fórmulas de tipo concejil, y las ciudades andaluzas están dominadas, desde un principio por la nobleza guerrera (hidalgos), qué se han asentado en ellas pago a sus servicios bélicos.

A raíz de la sublevación de los campesinos moros en 1263, éstos son expulsados, a su vez, hacia África o Granada y los inmensos campos andaluces, la zona agrícola más rica de la Peninsula, pasan a manos castellanas, lo que acarrea grandes consecuencias. En primer lugar, estos nuevos territorios son adjudicados a quienes han hecho posible su conquista y pueden garantizar su defensa a un eventual contra ataque granadino: las Órdenes Militares y los jefes guerreros más prepotentes. Poco importa que la cesión lo sea por delegación real, ya que de hecho supone un poder de uso prácticamente absoluto, las concesiones son enormes, y a partir de este proceso, puede hablarse de latifundios. Además, muchos de los beneficiados vuelven a sus regiones de origen vendiendo sus lotes o derechos de uso, a quienes se quedan (los más poderosos o las Órdenes Militares), con lo que se intensifican la acumulación de tierras en pocas manos. Por otra parte, la escasez de la población, el atraso de la técnica agraria castellana en relación a la musulmana, y la presión de los intereses ganaderos, obligan a un cambio drástico en la explotación de la tierra, sustituyendo los evolucionados cultivos existentes, por el olivar y la ganadería, deterioro cualitativo del que Andalucía no se recuperará jamás”.


Esta definición sobre la repoblación encaja con la configuración de la Comarca de los Pedroches que tuvo dos señoríos: Santa Eufemia y Belalcazar y un Realengo: Las Siete Villas. 




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