Las máquinas y la humanidad

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


La victoria más famosa de una máquina frente a un hombre tuvo lugar en 1997, cuando el ordenador de IBM Deep Blue derrotó al entonces campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov. Era el comienzo de una batalla en la que el pensamiento humano iba a perder ante su creación. Y así está siendo. En las películas ‘futuristas’ de esos años 90, se veía la imagen humana convertida en robot. No somos robots pero vivimos con ellos. Los necesitamos en nuestro quehacer diario.

Dicen que estamos en un tiempo histórico y puede ser verdad. Las cosas están cambiando muy rápidamente. Lo hacen de la noche al día. Es un mundo nuevo pero no el que soñábamos. Un mundo metido en un sistema de usar y tirar. Nadie se cree ahora que se pudiera vivir sin máquinas hace unos años y se pudiera alcanzar la felicidad.

Hay muchas maneras de ser feliz aunque no se tenga tanta riqueza. Es cierto que en esas vidas pasadas, la gente vivía con muchas carencias, con sueldos miserables y sin máquinas inteligentes, pero se buscaba la felicidad en cosas que realmente le llenaban. La gente buscaba la felicidad en el trato con los demás, en la música, en las fiestas grandes de su pueblo, en la sonrisa, en las noches de verano. Y lo encontraba. Quizás por esa esperanza de que todo mejoraría o quizás porque no necesitaban grandes cosas para alcanzar esa felicidad.

Las máquinas han conectado al mundo. Han logrado que los kilómetros que nos separaban no sean obstáculos. Podemos hablar o escribir mensajes a la otra parte del mundo. La pregunta es si en realidad estamos conectados con nosotros mismos. La gente de antes iba por la calle intentando percibir las cosas y sentir a la gente que le rodeaba. Te cruzabas con gente y hablabas con ella en cada rincón, esquina o barrio. Hoy en muchos momentos vamos caminando por la calle como sonámbulos como zoombies mirando la pantalla del móvil. Buscamos lo virtual y pasamos de largo de lo real y lo natural. Pasamos hasta de nuestra gente. Estamos rodeados de una naturaleza que se da un festín de color, de cosas increíbles, de ríos, de encinas, de paraísos naturales que tenemos al lado de nuestras casas. Y no lo vemos ni lo apreciamos. Seguimos metidos en nuestras máquinas.

Hemos abierto las puertas de nuestras casas para que nos roben nuestra humanidad. En realidad las puertas las tenemos cerradas a cal y canto pero hoy con este mundo tecnológico te roban con la puerta cerrada. Nos han convertido en la nada social. Todo mecanizado. Hasta nuestros sentimientos.

La diferencia entre la máquina y el hombre sigue siendo la misma, a pesar de que las máquinas de ahora sean más sofisticadas. La máquina dura el tiempo en la que es remplazada por otra más moderna. Los hombres y mujeres no se pueden remplazar. El alma humana se hace más rica, más creativa y más reflexiva con el paso del tiempo. Es por ello que debemos escuchar más a nuestros mayores. Los humanos no somos como las máquinas que son remplazadas y apiladas cuando vienen otras más modernas. Lo mágico y misterioso del humano es que extrae un talento que no es programable en ninguna estación mecánica. Eso nos distingue. Nos hace grandes. Somos capaces de sentir. Por eso el sentimiento es algo que no se podrá programar ni inventar. Está dentro de nosotros. A veces, es mejor mirar el sentimiento que tenemos dentro que caminar por las calles metidos en el móvil que vamos mirando.


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