La cultura de la dehesa

ARTURO LUNA BRICEÑO


Miguel de Unamuno decía de la Comarca de las Hurdes: En todas partes los hombres son producto de la tierra, menos en las Hurdes, dónde la tierra es producto de los hombres-

Algo parecido se podría decir de nuestra Comarca de los Pedroches, porque nuestra tierra es el equilibrio conseguido entre el ser humano y el encinar. Un encinar mágico y sagrado que cobijó culturas bosquimanas antiguas, célticos, íberos, beturios, romanos, árabes, mozárabes y el reposo de la cristiandad bajada de Castilla. Todo este bagaje de razas, castas y gentes los unió un denominador común: El encinar secular de los Pedroches.

Pero una sucesión intermitente de religiones, maneras de rezar y pensar. De intolerancias y luchas. Ese viejo litigio, que España muestra de cuándo en cuándo, siempre ha sido superado por una cultura popular que adquirimos al nacer en estas tierras: La cultura de la dehesa.

En 1293 el Rey Alfonso X el Sabio, dotó a la trashumancia española de una ley que la regulara, la ordenara y diera protección y seguridad a los ganaderos, pastores y dueños de los pastos. Así nació El Honrado Concejo de la Mesta. 

Los últimos trashumantes camino de Los Pedroches.


Mesta, es una palabra de origen árabe que significa invernada. Y el uso de ese vocablo describe lo que en realidad era lo que hacía este Honrado Concejo. Recorrer con millones de cabezas de ganado ovino las cañadas, veredas y cordeles que conformaban los caminos que iban y venían desde las sierras de Cameros, León, Burgos, Logroño y Palencia a los extremos, principalmente las tres grandes dehesas del suroeste: La Real Dehesa de la Serena en Extremadura. La Real Dehesa de Alcudia, en la Mancha y La Real Dehesa de los Pedroches en Andalucía.

La estructura del Honrado Concejo era piramidal, la cabeza era el Rey, en torno a él los procuradores de Chancillería, y bajo éstos los procuradores de Puertos y procuradores de Dehesas, de los que dependían los Alcaldes de Apelaciones, Alcaldes de Alzada y Alcalde de Cuadrilla o de la Mesta.

Todos ellos mantenidos por los Hermanos de la Mesta. Para ser Hermano de la Mesta solo había que pedirlo y señalar las cabezas de ganado que aportaban. El Honrado Concejo celebraba dos juntas anuales, a las que denominaban Oteros. Uno en verano en Soria y el de invierno en Villanueva de la Serena donde estuvieron los Archivos de la Mesta hasta el siglo XVIII. 

Ganado merino trashumante.


Las asambleas de cuadrillas solían tener lugar en las iglesias o a campo abierto, a veces acudían hasta cuatrocientos hermanos, aunque para que existiera “quorum” bastaba con diez hermanos.

Y si todo esto conformaba la complicada burocracia del Honrado Concejo de la Mesta, el movimiento de ganados estaba más resumido. Su espina dorsal era un gremio pastoril muy estructurado, que ha llegado hasta nuestros días.

Una cuadrilla de pastores manejaba una majada o cabaña mestera, formada por mil cabezas. Ovejas merinas que caminaban diariamente una distancia entre las cinco o seis leguas. Distancia que dependía si el terreno a recorrer era llano y el ganado iba pastando, o si se hacía por las montañas en que se avivaba la marcha. A la cabeza de la cuadrilla estaba un Mayoral o Rabadán, ayudado por cuatro auxiliares entre pastores y zagales.

Para el buen gobierno de la majada contaban con veinticinco mansos cencerreados (Carneros guías castrados). Cinco mastines que se cuidaban con esmero. Tres o cuatro caballerías que portaban las redes para encerrar al ganado, los hatos para pastores y perros, y la sal para el ganado que estaba exenta de tributos. 

Ganado Trashumante en la Via de la Plata.


Las majadas hacían sus caminos por tres grandes vías o Cañadas Reales: La Cañada Real Leonesa, que partía de León y finalizaba a orillas del Guadalquivir en la provincia de Sevilla.

La Cañada Real Soriana o Segoviana que partía de los Valles de la Serena, Alcudia y Los Pedroches para confluir en Béjar con la Leonesa y desde allí ir a Ávila, Segovia, Burgos y Soria.

La Cañada Real Manchega que partía de Cuenca e iba hasta Murcia.

La Cañada Real tenía una anchura de seis sogas de 45 palmos o lo que es igual 90 varas castellanas que equivalían a 70 metros.

Estos caminos hoy continúan vigentes y el recuerdo de las cuadrillas trashumantes son la base principal de nuestra cultura popular, nuestra gastronomía y en cierto modo, nuestra manera de ser y la forma de afrontar la vida.


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