La vejez no tiene casa

EMILIO GÓMEZ
(Periodista-Director)


Envejecer es ganar años, experiencias, sabiduría pero también es perder la salud, la fuerza, la, la memoria y muchas cosas más. Esta semana asistíamos a una historia real. El matrimonio formado por Antonio Romero Jurado, de 93 años, y su esposa, Encarna Aranda Muñoz, de 91 años, han estado separados por un tiempo pues la Junta, en un primer momento, sólo le concedió a ella una plaza concertada y tuvieron que separarse. Ambos estaban en la residencia de Dos Torres y ella se tuvo que trasladar en junio a la residencia de Alcaracejos.

Después de un mes, vuelven a estar juntos. La presión mediática ha pesado y ha surtido efecto. Pero en el futuro encontraremos muchos más casos de este tipo e incluso peores. La longevidad se ve atrapada ahora en la escalofriante caída de la natalidad, de manera que, sin recambio generacional, con el abandono de los pueblos de la gente joven, el anciano acabará siendo una carga para la sociedad creando a los políticos un problema muy serio si no toman conciencia de ello y las medidas oportunas.

Me decía un anciano el otro día que cuando uno va teniendo una edad se va preparando para lo que le viene. Arregla la casa, quita escalones, hace otro cuarto de baño. La pregunta mía es si los pueblos se preparan para ser mayores. Un pueblo es más joven o más viejo dependiendo de la edad de sus habitantes. Tiempos atrás, los mayores no estaban tan solos, pertenecían a un pueblo, a un paisaje, a un oficio. Le hemos quitado cosas que estaban ligadas a la vida del pueblo. Pensamos en un mundo nuevo sin contar con ellos. 



El envejecimiento de las poblaciones de Los Pedroches no es algo nuevo. ¿Realmente nos estamos preparando para ello? A nivel individual sí, pero no a nivel institucional. Sabemos que es difícil crear políticas que no sean para jóvenes (pues tenemos que intentar retener a nuestros jóvenes) pero la realidad es que la población es la que es. Ganan las personas mayores. Y hay que hacer que tengan una vida más saludable. La vejez es una etapa más de la vida; y, por tanto, se puede disfrutar de ella como cualquier otra etapa vital. Faltan residencias, centros, concienciación ciudadana en el trato al mayor y muchas cosas más.

Recibimos consejos de cómo tratar a nuestros hijos y de cómo ser buenos padres pero no nos preparamos para ser hijos de padres ancianos. Para ello hay que mirar al anciano de manera positiva. Como un regalo. En China se consideraba la vejez como la etapa suprema de la vida, donde más sabiduría se acumula y Platón indicaba que los más viejos deben ordenar y los jóvenes obedecer. La realidad es otra y los tiempos también. Se ha creado un mundo para jóvenes. Muy tecnológico y confuso. Creamos una vida para el disfrute juvenil (desplazamos a los mayores). Creamos una vida urbanita (los pueblos se fueron abandonando). ¿Y qué tenemos? Ciudades colapsadas, pueblos olvidados y mayores arrinconados. Hay cosas y personas que están ligadas a la vida de cada pueblo. Nuestros mayores han sido motores de una vida que ahora queramos olvidar.

Se dice que hay dos etapas de la vida donde la locura puede a la cordura. Una es la infancia en la que uno ignora la vida que llegará después y otra es la vejez donde las cabezas también van perdiendo el sentido de la realidad que impera. Pero la verdad es que en esas etapas nos mostramos tal y como somos. Infancia y vejez son las versiones sinceras de la vida.

Todos vamos cambiando físicamente, psíquicamente y a medida que se van modificando nuestras circunstancias y nuestros tiempos. Decía Séneca que la vejez “es el momento más dulce de la vida, donde parece que sin esfuerzo se desciende por una vereda”. No obstante, la realidad puede ser diferente.

La vejez no tiene casa, te quedas en la calle cuando eres viejo, si te descuidas. Y eso es lo que hay que evitar. Tiene que haber residencias. Hacerlas y ofrecerlas. Muchas personas mayores están preocupadas pensando qué será de ellos cuando el físico le gane la partida y no puedan valerse por sí mismos. Tenemos que tranquilizar a nuestra población mayor. ¡Ojo!, que cada tiempo que pase, será más abundante. Es un problema que no queremos ver pero que está ahí. Antes, los viejos se quedaban en sus casas asistidos por sus hijos. No querían las residencias. Hoy se sabe que acabar una vida larga en tu propia casa es muy complicado. La gente aspira a tener algo ahorrado para una residencia. Que es un ‘dineral’ lo que cuesta si no te conceden la prestación por dependencia. Hemos creído que estábamos mejor que nunca y lo que estamos es más amenazados que nunca.

Como decía Antonio Gala: “A los mayores hay que dejarlos en paz haciendo lo que hacían, es decir, colaborando, cumpliéndose, proporcionando a los demás su provechosa experiencia, aplicando en beneficio de todos su sabiduría, inundándonos con su recuerdo y su ratificada esperanza. En una palabra, siendo nosotros mismos”. 


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