Pozoblanco, un lugar poético para la música

EMILIO GÓMEZ
POZOBLANCO

Hubo un tiempo donde los niños jugaban, noche y día, al balón en la calle. En ella, en esa misma calle, se escuchaban las voces de afiladores, vendedores de hielo, de la Revoltosa y de otras cosas. Gente que iba por la calle cantando, gitanos que cantaban en la feria, en el bar y en cualquier barrio. Sí, eran las voces de un mundo de calle, lleno de sonidos con historias fantásticas. Ser cantante (de lo que sea) era un sueño en vigilia constante. Otro mundo. Lleno de genios musicales. La gente cantaba en el trabajo. ¿Se imaginan ahora a gente cantando en la oficina?

Surgieron en Pozoblanco aquellos cantautores. Muchos. Jóvenes. Cada uno llevaba las canciones de su artista preferido. Tiempos en los que los discos eran de 45 rpm. y de espera de las novedades musicales en la radio. En aquella época hubo también el boom del folk, en pleno apogeo. Y para noches, las de flamenco en el Cine de Verano. Se llevaban los micros de rejilla y las guitarras pesaban mucho pero no lo bastante para apagar los sueños de gloria de aquellos jóvenes. También estaban las orquestas que abarrotaban la Cruz de la Unidad en las noches de San Antonio. Luego llegaron esos grupos locales que imitaban a esos otros que triunfaban en los 80. 



El romance se llevaba mejor con música. Todo el mundo tenía una canción que era la banda sonora de su vida. Y se esperaba la feria para ver esas actuaciones en las Casetas. Allí la música calmaba el alma en unas noches de frenesí y magia. Todo esto lo contamos en los tiempos en los que estamos, los del Slow Music. Tres años. Seis conciertos. Distintos todos. Abrió Miguel Bosé en una noche donde la garganta no le dejó mostrar lo fabuloso que es cuando sube a un escenario. Salvó la noche. Nos regó de nostalgia y de letras que sabíamos de memoria cuando creíamos que las habíamos olvidado. Y luego llegó Manuel Carrasco, al otro día. El mejor. Se encontró con un público como a él le gusta. Entregado. Al año siguiente llegó Dani Martín. Nos contó lo bella que es la vida. No fue su noche pero el concierto lo salvó con su talento. Le sucedió Bisbal. Puede gustar más o menos pero su profesionalidad y movimientos en las tablas valen la pena verlo. Aunque no lleve tu estilo, es un grande.

Este año vino Pablo López. Su piano, su melodía, su romanticismo. Un ritmo lento quizás más para un gran teatro. Como el nuestro. Pero el tío (por lo que he podido escuchar en videos) estuvo genial. En su estilo. Y la fiesta de los 90. Regresamos a ella para recordar lo jóvenes que fuimos. Con pellizco. Una puesta en escena muy tremendista. Como su música y su época. Ruido, mucho ruido como diría Sabina. 



Y lo más importante, Pozoblanco sigue siendo un lugar paradisíaco para la música. Quién nos iba a decir que el campo de Golf acogería las noches musicales del verano. Justo cuando este empieza. 

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