Pasado un año, volvemos al camino por donde sale la luna

ARTURO LUNA BRICEÑO

    Otra vez llega el Domingo de Quincuagésima, y como en siglos hicieron generaciones de paisanos míos, me dispongo a peregrinar a Qalyana, lugar sagrado en la Real Dehesa de la Jara desde tiempos de los druidas, sacerdotes celtas, que como nosotros consideraban árbol sagrado a la encina.


   Fue Qalyana parada histórica en el Camino corto mozárabe que llevaba de Córdoba a Toledo. Su recorrido, para árabes y cristianos, se hacía orientándose por la Luna. Y de ahí, y con el tiempo, cuando los Templarios que cuidaron estos caminos y sus herederos, los Caballeros Calatravos, volvieron a recuperarlos, a Qalyana le denominaran como Santuario de la Virgen de Luna.
Cuenta Inb Hayyán, en su Mubtaba V, la crónica de Abderramán III, conocido por Al Nasir, como el 30 de septiembre del año 939 volvía con sus ejércitos desde Guadalajara a Córdoba, pasando por el Fahs al Ballut (Valle de los Pedroches): “Y partió al Nasir lin-din Allah desde Malaqun (Malagón) un sábado, llegando a Albirka (La Alberca) y luego a Manzil Zayil. Después pasó por Qabanis sobre el wadi Armis (Rio Guadálmez) y luego a Tir ben Titat, de esta pasó a Qalyana, después hacia Armillat (San Zoilo del Armillat, monasterio mozárabe hoy sumergido en el pantano del Guadalmellato) y por último a la parada de postas de la almunia de Nasr a las puertas de Córdoba, a la orilla del río en el Arrabal, adonde pernoctó”.
El camino que hizo Al Nasir fue el llamado de Cala al Rabat, el Castillo del vado, donde se cruzaba el Rio Guadiana y se entraba en el Campo de Calatrava y el Valle de Alcudia. Alcanzó Los Pedroches por el Puerto de Mochuelos y vadeó el Río Guald-almez por el mismo sitio donde hoy lo hacemos y siguiendo el Arroyo Guadamora, dejó las aguas que vierten al Guadiana en Qalyana y por el Río Varas bajó al Armillat, aguas abajo que van al Guadalquivir. Es decir fue por el Camino por donde sale la Luna, y como hicieron miles de peregrinos, a lo largo de los siglos, pernocto en el lugar sagrado de Qalyana, hoy sede y trono de la Virgen de Luna.
Y este domingo, de nuevo, los naturales de Pozoblanco, al sonido del viejo tambor, las salvas de escopetería y el volar de la bandera, nos convocamos para ir a recoger a la Virgen de Luna, y traerla al pueblo para que nos proteja y ayude.
Y cómo todos los años, hogaño y desde que murió mi padre, voy en busca del viejo blog en el que, con su fina caligrafía, apuntó todo lo que sabía de la Virgen de Luna.
Habla de su leyenda, de cómo un vaquero de Pedroche, para calmar su sed buscó agua en un manantial, bajo la sombra de una encina y vio en el reflejo del agua una Virgen que estaba en las ramas del árbol.
No ahondó en explicar la leyenda, aunque la historia contada por Dozy en su: “Los Musulmanes de España”, aclara que en el año 1010, tras la muerte de Mudafar, el heredero de Almanzor que murió tras sufrir un infarto del corazón en Qalyana, las tropas bereberes asalariadas se revelaron y se refugiaron en Los Pedroches, donde estuvieron treinta años devastando y saqueando. Este incidente obligó a los mozárabes del Fhas al Ballut, (Llano de las Bellotas) a esconder las imágenes que veneraban en sus basílicas y monasterios. Ayudados por los Templarios del Castillo convento de Santa María de Mochuelos, buscaron refugio en Castilla. Un siglo después, tras la Batalla de las Navas de Tolosa, 1212, los herederos de los Templarios: La Orden de Calatrava, recuperó los lugares sagrados y sus imágenes. Hoy esos lugares son los santuarios marianos seculares de Los Pedroches.
Cuenta mi padre que una mujer de Pedroche construyó un pequeño eremitorio y se lo donó al Concejo de Pedroche y éste, a su vez, se lo dio a Pozoblanco.


También anota que las tres Villas; Pedroche, Pozoblanco y Villanueva de Córdoba, tenían derecho a tener cuatro meses a la Virgen de Luna en sus pueblos. Pero esta afirmación no tiene mucho rigor, porque aunque el santuario era propiedad de Pozoblanco, la Virgen de Luna era propiedad de las Siete Villas de los Pedroches porque formaba parte del Común de la Dehesa de la Jara. Y cada una de ellas debía de aportar cien reales al año para mantener la lámpara que ardía perennemente en el Santuario. Luz que servía de faro y guía para los peregrinos, que por los exvotos que colgaban en la sacristía, debían de ser muchos.

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