El punto de inflexión de nuestros días

PAULA RANCHAL GARCÍA
(Estudiante 4º ESO) 


La sociedad de hoy, tal y como la conocemos es un cúmulo de cosas.

Principalmente se divide en dos tipos de personas: los conformistas y los que no lo son. Los conformistas se dedican a eso, a conformarse: ven pasar la vida a cien por hora, y se conforman, conocen personas que saben que quizá no vuelvan a ver, y se conforman, les llega un gran problema y con poner sólo un pequeño granito de arena, se conforman, pueden comerse el mundo, y se conforman, sacan un cinco, y se conforman, con la astuta excusa de: “¿para qué?”, “¿de qué me sirve?”, sin percatarse de que el tiempo pasa y de que ahí fuera hay un universo por descubrir. Por otro lado están los que no, los que, si pueden dar dos, dan cuatro, los que cuando la vida les da la espalda saben correr lo suficiente como para adelantarla de nuevo, los que antes de perder, no olvidan que está conseguir, los que luchan hasta por no dejar de luchar, los que acaban el día y dicen: “Ha sido un gran día, mañana será mejor”, y lo es; personas que, queramos o no, saben vivir, pero de verdad.

Además de eso, está el conjunto al que llamamos “sociedad”, que, desde la antigüedad ha estado dividido en clases, grupos, pandillas, en ‘el mejor’ y ‘el peor’, a los que nos gusta denominar ‘el guay’ y ‘el pringado’ respectivamente, poniendo continuas etiquetas adheridas a prejuicios que pueden incluso destrozar a alguien de una forma tan peculiar que los demás ni imaginamos, porque no hay cosa más cierta que la que dice que ‘cada persona es un mundo’ y por esa razón es tan difícil comprendernos, sobre todo a la mente adolescente que se pregunta a cada segundo cuál es la razón de su existencia, entre infinitos otros. Sería utópico pensar que la sociedad algún día será equitativa, que todos nos consideraremos iguales y que según dicen, así nos respetemos. Tal ilusión se debe, y demás, a esos conformistas y a los que no lo son tanto por ser tan distintos. Quizá esto nos haga pensar que la sociedad, así como es, nos muestre la diversidad de seres de nuestra especie que existen, o quizá, que tampoco tenemos la suficiente madurez como para darnos cuenta de que ser nosotros mismos siempre es mejor que andar metiéndose en la vida de los demás, y que aun así puede seguir en pie nuestro afán de superación o nuestro exceso de conformismo, porque ninguno de ambos es malo si de esta forma se es feliz.

Por no hablar de que se rige por las fachadas, siempre será mejor el que muestre tener estilo, estar a la, supuesta, moda, conocer a mucha gente y tener un aspecto ‘aceptable’ para la opinión de los demás, dejando fuera cómo sea en realidad, porque primero va la etapa de los prejuicios en la que se juzga el exterior. Lo triste de la sociedad es que puedes ser la mejor persona del mundo y por cualquier pequeño detalle no se sepa de los valores que escondes. A veces por miedo a sacarlos a la luz, por el famoso “quédiran”.

En conclusión, el prestar atención a opiniones que no llevarán a ningún sitio es perder libertad. Siempre he aconsejado ser uno mismo, dejarse llevar entre lo que esperas de ti, lo que puedes ofrecerte, y la vida. 


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