Una ciudad donde no se respeta la libertad de pensamiento

MIGUEL CARDADOR LÓPEZ
(Presidente-Editor)


Estamos en el mes donde más personas eligen sus vacaciones. Agosto significa disfrutar de al menos unos días de desconexión y en la mayoría de los casos salir de viaje, ya sea a la costa, montaña, o visitar ciudades.

En esta tercera alternativa se ha encontrado un conocido mío, que me comentaba que ha estado unos días por el norte de nuestro país visitando varias ciudades, entre ellas Pamplona, por la fama mundial que tiene de los Sanfermines.

No me sorprendió absolutamente nada la cierta decepción que le había producido la misma y lo politizada que está, pero siempre resaltando un solo color, el de los nacionalistas vascos.

Yo le contesté que compartía totalmente su opinión porque el verano pasado lo pude comprobar por mí mismo. Cuando no has visitado un sitio te haces previamente de él una idea y esta sube o baja cuando la visitas de verdad.

A mí se me bajó la idea que tenía de esta ciudad hasta llegar a suspender. Porque es inconcebible que después de 40 años de democracia, en esa ciudad de Navarra, se respire todavía un ambiente tan rancio de falta de libertad, donde no se ve ni una sola bandera española y sí multitud de ikurriñas (banderas que, ojo, son de la comunidad autónoma vecina, pero no propias), en balcones, plazas, etc. Se respira la falta de libertad de pensamiento, parece como si aún hoy los terroristas de ETA siguieran asesinando. Porque en Pamplona no existe la auténtica libertad y sí la ira.

Ira por parte de los radicales abertzales, violentos y amedrentadores, que se creen los dueños de las calles, y que amenazan e incluso agreden a quien no piensa como ellos. Han envenenado la sociedad desde las raíces hasta dejarla podrida y gravísimamente enferma. Y como expresan a menudo muchos que padecen de cerca esta difícil y repugnante situación, “ahora ya no nos matan, pero siguen sin dejarnos vivir”.

Estos matones ejercen con espeluznante impunidad un cordón sanitario físico mostrando su totalitarismo. ETA ya no mata, pero la presión abertzale contra los demócratas sigue igual de fuerte, o más, que antes. Y hay un gran entramado y red de cómplices que son corresponsables de que esta situación permanezca y no se elimine definitivamente y de raíz. Porque en esta triste y lamentable situación los que recogen las nueces son tan responsables y tan miserables como los que mueven el árbol.

Y prácticamente ocurre lo mismo en toda Navarra, ya lo pudimos ver con la brutal agresión a dos guardias civiles y a sus parejas en la localidad de

Alsasua. Por pensar diferente o simplemente por pertenecer a la Guardia Civil, por ejercer una profesión que lo que busca es garantizar la seguridad de todos los españoles, y por lo tanto, también de todos los navarros, dos personas y sus parejas fueron golpeadas y pateadas hasta el punto de acabar en el hospital, dejándoles con secuelas físicas y psicológicas que aún les duran. Y lo más grave, se han tenido que ir de Alsasua por la presión brutal ejercida contra ellos y sus familias. Recuerda perfectamente este hecho la situación narrada por Fernando Aramburu en su magnífica, pedagógica y recomendable novela “Patria”, que debiera leerla todo el mundo, y especialmente y por obligación, todos los zopencos que en el mundo existen.

En mi mínimo conocimiento, siempre he tenido a Navarra por una sociedad diversa, rica, y plural. En ella ha existido la convivencia de civilizaciones, de cultura, de religiones, durante los cientos de años de su historia.

Durante muchos años sufrieron la barbarie de ETA, y hoy, quienes siguen sin condenar los asesinatos, secuestros y extorsiones de la banda terrorista, gobiernan las instituciones y siguen a pies juntillas la línea marcada en la hoja de ruta iniciada por los criminales.

Por mucho que pretendan estos radicales, Navarra no es anexo de nadie, porque la Navarra foral tiene historia suficiente para seguir como está.

En nuestra democracia todos tenemos unos derechos y deberes y hablando de los primeros, todos los navarros los tienen, derechos fundamentales que nadie puede vulnerar. Pamplona y Navarra son de todos, se piense como se piense. Eso es tolerancia, eso es convivencia, y eso es democracia.

Pamplona es un ejemplo negativo de lo que está pasando en pueblos y ciudades de Navarra, del País Vasco y Cataluña, y mucho me temo que seguirá extendiéndose como una mancha de aceite por los territorios anexos a estos. Por el peligro que todo esto supone para la unidad e integridad territorial y la soberanía nacional, y por el respeto y salvaguarda de nuestra estupenda Constitución, que tanto ha contribuido al progreso de nuestro país, los que nos sentimos españoles (que somos la inmensa mayoría), necesitamos de un gobierno central fuerte y con las ideas muy claras, que no ceda ni un milímetro más al continuo chantaje nacionalista, y un poder judicial que aplique con firmeza y energía las leyes, para que la izquierda radical nacionalista y sus cómplices no sigan imponiendo su pensamiento al resto con insultos, amenazas, chantaje y hasta agresiones. Pamplona y Navarra son un claro ejemplo de lo que aquí expongo, un territorio hostil hacia el libre pensamiento.


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