Pedro López Pozo. El olvidado.

JUAN ANDRÉS MOLINERO MERCHÁN
(Doctor de la Universidad de Salamanca)


NO TIENE CALLE NI EN POZOBLANCO. A veces la vida es completamente ingrata en otorgar deferencias y honores. Elevamos a la peana de los altares a curas y políticos, militares, literatos y artistas, cronistas y científicos quedando en la sombra del olvido hombres y mujeres destacados en lo más doméstico y necesario de la vida. En cierta manera es lógico cuando se trata de la nómina más abultada de hombres y mujeres de nuestra existencia, pero resulta especialmente chirriante cuando se olvidan personas de especialísima notoriedad. López Pozo constituye un ejemplo antológico de personalidad descollante en el ámbito profesional, impresor creativo, editor y difusor de la Cultura de Los Pedroches. Se trata de un hombre que emergiendo prácticamente de la nada alcanza las cotas más altas del ámbito de la imprenta y edición en Pozoblanco. Sinceramente creo que no es un desconocido para nadie, pues constituye una referencia tan potente en su ámbito profesional y cultural de esta tierra, aunque sea como mero instrumento –que no lo es–, que no puede pasar desapercibido. Es una referencia ineludible, tanto a nivel local como provincial y regional. Sus talleres, en diferentes ubicaciones (la casa de los Ingenieros; la de El Vereas, junto al Ayuntamiento, etc.), fueron siempre un referente de la comunicación en la Contemporaneidad. Es además el fundador de una saga de impresores (López Cabrera, López Martín-Toledano) que desarrollan oficio y escuela a lo largo del s. XX, sembrando la comarca de publicaciones en las que queda impregnado lo más granado de todas las esferas de la vida. Han dejado un legado insoslayable, que fácilmente se aprecia sin mucho detenimiento, con un elenco de impresión periodística de vértigo, además de propietarios de varias cabeceras (como editores): El Eco de Los Pedroches, El Distrito, La Sierra, La Lucha, La Defensa, El Cronista del Valle, Boletín Informativo Municipal, etc. Alguno de ellos, como el prestigioso semanario El Cronista del Valle (en varias etapas), constituye por su dilatada existencia uno de los mejores documentos históricos de la comarca. Sin menoscabo de ese fondo fotográfico que posee esta Casa de impresión, que conforma la mejor panorámica de lo más relevante de los eventos y circunstancias de sus años de existencia. 



En lo más personal, solamente la referencia de su vida constituye un fardo importante de vivencias de no poca notoriedad y atractivo. La figura de este hombre emerge en el s. XIX sin mayor prurito que cualquier otro de la tierra, sin especiales distingos en el linaje, tradición o relumbrón formativo de ninguna clase (académico, etc.). Ninguna plataforma de sustentación, más allá de su capacidad personal para destacar y proyectarse en una profesión desconocida en estos lares. Don Pedro López Pozo (1872-1936) era prácticamente analfabeto en origen, completamente ignorante de un oficio que habría de cambiar su vida y la de muchos otros de Pozoblanco. Aprendería, por azares de la vida, de la implantación en la villa de un innovador taller de imprenta devenido a finales del s. XIX de mano de Don Antonio Gonsálbez Aura, avezado emprendedor de otra saga que arriba a nuestra tierra con las modernidades del sector textil. En la última década del s. XIX (1894) López Pozo funda y dirige el propio negocio, caminando con principios de autonomía y autodidactismo, innovando e introduciendo en la empresa las técnicas y máquinas más avanzadas de España (aquélla Albert de 1908 adquirida a Richard Gans; o Heilderber automática de 1930 de Neufville, que fue la segunda que entró en España, etc.), asimilando las Artes Gráficas en lo más hondo de su ser. No solamente los rudimentos del oficio, que también, sino los entresijos de cuanto representa una profesión que va mucho más allá de ser una actividad meramente mecánica.

El descubrimiento de Gutenberg no fue solamente un avance mecánico o profesional, sino un paso gigantesco para la cultura: porque a través de la imprenta se multiplican los libros y las ideas de forma exponencial. Tal fue el descubrimiento, encontrar un soporte físico magnífico para proyectar las ideas y pensamientos del ser humano en cantidades ingentes. Ese fue también el descubrimiento, en Pozoblanco, de Don Pedro López Pozo: incorporarse como empresario impresor para proyectar al papel las ideas de nuestra tierra, formas de vida y ocio, actividades económicas, eventos, etc. Pozoblanco no se había incorporado aún, desgraciadamente, al ámbito de la prolija difusión por medio de la imprenta, estando sometidos a la dictadura de Córdoba y otras ciudades; siendo simplemente receptores en la centuria liberal de lo que llegaba de fuera.

Con la nueva imprenta, López Pozo nos incorpora al revulsivo de una cultura municipal creativa de lo suyo, sin depender de otros. Con todas sus cuitas, positivas y negativas. Con sus publicaciones pudieron los vecinos coetáneos expresar su diversidad ideológica en distintas cabeceras periodísticas, siendo soporte material de distintos grupos sociales, mentalidades y profesiones. Más allá del dinamismo sociopolítico que imprimen las nuevas publicaciones, la prensa de don Pedro constituye un incentivo cultural de importantísimo alcance, toda vez que se difunden no solamente artículos de concienzudos periodistas o escritores, sino que se desciende a lo más doméstico de la vida, informando de noticias y eventos (natalicios, matrimonios, defunciones…), aspectos notorios de la villa (concesión de medallas, obtención de estudios y títulos), y plataforma económica (anuncios de productos, locales y empresas, etc.) de notoria envergadura. Entiéndase que las grandes noticias y problemas de la comarca (lucha por el ferrocarril, agua, carreteras…) se plantean de forma contundente en las impresiones de los López de Pozoblanco.

La vertiente de editor es a menudo olvidada, teniendo una excepcional notoriedad. Nos referimos a la capacidad del prócer como titular de varias cabeceras de periódicos en los que asume la responsabilidad económica y cultural por completo. Se trata de un avezado empresario de mucho riesgo, un emprender en toda regla, que asienta sus ilusiones en su profesionalidad como impresor y en su intuición como editor, sirviéndose de hombres de mucho fuste en sus publicaciones (directores, los principales plumillas de la región). Asegurando siempre la eficacia de sus productos, con evidente impronta empresarial. Tanta proyección en ambos campos, impresión y edición, le exigen también –claro está– definirse con mucha nitidez en marcos ideológicos que en forma alguna evita; ni él ni sus sucesores, imprimiendo el carácter de su pensamiento a sus publicaciones. Con la amplia mirada, sin embargo, de ser hombres de oficio que disciernen muy bien entre los principios que les embargan y la libertad que deben conceder a otros impulsores de publicaciones con ideales bien distintos. Apréciese en este sentido que entre sus publicaciones impresas se encuentran cabeceras completamente dispares en términos ideológicos. El oficio y la profesionalidad son sus cartas de presentación.

A Don Pedro López Pozo y herederos debemos los vecinos de Pozoblanco y comarca, también, un elenco importante de publicaciones que van más allá del ámbito del periodismo. De sus talleres sale la principal y única (en las primeras décadas) nómina de libros que se publican en nuestra tierra durante muchos años. Ellos son el soporte más importante de nuestra Cultura. Los grandes difusores de obras de diferente tono y calado: desde novelitas costumbristas a librillos de escuela (como las “Nociones de Geografía e Historia” de Don Ernesto García Rodríguez) u Hojas Parroquiales (como el Boletín Dominical); biografías, memorias y recuerdos de una ingente nómina de próceres de Los Pedroches; los opúsculos de historia y literatura de finales del s. XIX y comienzos del XX que empiezan a señorear en esta tierra; los libretos de música de nuestros primeros prohombres del género lírico; cantos y rezos a la Virgen de Luna, etc. Así como un elenco interminable de materiales de librería y oficina que sirvieron a nuestras instituciones (libros de actas…; facturas, etc.), siendo una constante en la totalidad de los despachos públicos y privados de Pozoblanco y comarca.

Con todo ello se confirma –como queda dicho al comienzo– el imperdonable olvido que tenemos hacia uno los hombres más notables de nuestra tierra en profesionalidad y oficio distinguido. Padre y maestro, sin duda, de muchos otros tipógrafos que le siguieron en la senda de un oficio que no es precisamente una bagatela de insuficiente notoriedad. Todo lo contrario. Don Pedro López Pozo, con sus glorias y miserias, constituye un ejemplo antológico de profesionalidad e impulso incuestionable en la difusión cultural de Los Pedroches. ν

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