¡Se escribe WhatsApp! Jun¡Se escribe WhatsApp!... Juntar la pata con la orejatar la pata con la oreja

JUAN BAUTISTA ESCRIBANO CABRERA


El verano, a poco que se lo permitas, te regala conversaciones relajadas y algunas de ellas se parecen –y me gustan- a cuando subimos las escaleras de la misteriosa cámara de casa de los abuelos y nos adentramos en ella para buscar algún objeto antiguo y nos topamos con otro al que habíamos perdido la pista o uno de cuya existencia no teníamos noticia. Una acción tan simple conecta dos épocas, en la sencilla historia de una familia.

Charlaba con mi madre y salió a relucir la expresión: “Juntar la pata con la oreja” y, ya puestos, me contó el relato que ella había escuchado a su padre. Puede referirse así:

Érase una vez un señorito aficionado a la caza y poco diestro en el manejo de la escopeta. Como ocurre con otras artes, solo existía para él un placer mayor que el de disparar a todo bicho viviente y no era otro que el de poder (ajustándose más o menos a la verdad) contar sus hazañas y presumir de los trofeos cobrados. Para la segunda parte (la narrativa) contaba con la inestimable colaboración de un pelota quita-vergüenzas que se esforzaba en dar verosimilitud a los relatos del cazador.

“¡Maté una liebre y un perdigón de un solo tiro!” A lo que el otro añadía: “Es verdad, esperó el momento preciso y disparó justo cuando el perdigón pasaba delante de donde dormía la liebre”. Los oyentes se miraban con cara de circunstancias y -no debía quedarles otro remedio- asentían.

Un día, en que se encontraba especialmente inspirado, sentenció: “He cazado un jabalí. El tiro le entró por la pata y le salió por la oreja”. Atónitos, los contertulios volvieron la vista hacia el otro, pues no imaginaban que explicación podía darles. Al principio se quedó blanco y mudo (mientras su cabeza trabajaba a toda máquina) pero, enseguida, se recompuso y tomó la palabra como dando a entender que era tan evidente que casi no precisaba explicación alguna: “¡El cochino se estaba rascando la oreja con la pata!”. Cuando quedaron solos, amonestó educadamente al señorito: “Tenga más cuidado que, esta vez, en qué me he visto de juntarle la pata con la oreja”.

Vivimos tiempos de excesos, sobre todo de excesos verbales. De personajes y personajillos (no solo de la política o del fútbol) que tratan de convencernos de que las fanfarronadas que se les vienen a la boca (y más ante micrófonos y audiencia) son palabra de Dios. Después habrán de aparecer los quita-vergüenzas de número, para dar verosimilitud a sus disparates.

Jamás he copiado una tesis, se usa el escáner y no te manchas ni las manos. Yo no tengo problemas con Hacienda, es que el de la ventanilla me tiene manía. No tuve mala intención, me equivoqué de tarjeta cuando fui a hacer los mandaos. Me encuentro en posesión de tres másteres: Masterchef-a secas, Masterchef-junior y Masterchef-celebriti… y esto, a nivel doméstico, de andar por casa, de cosillas de niños chicos. Si te da por seguir a los jefes de las superpotencias, los disparates adquieren dimensiones colosales. Todo vale. Y para dar las explicaciones y aclaraciones oportunas cuentan con una legión de portavoces, abogados y periodistas en nómina, que no pararán hasta que aceptemos pulpo como animal de compañía.

Bienvenidos a ¡Se escribe WhatsApp! Muchas gracias por acompañarme hasta aquí. No es necesario añadir jejeje ni marcar emoticono alguno. Espero que nos sigamos encontrando en alguna de las plazas de nuestra comarca y ¡Atención! también en nuestros Pedroches de nuestra alma, contamos con brillantísimos narradores de relato fantástico que ven en nuestros pueblos la Tierra de Jauja, la Tierra Prometida y el Paraíso Terrenal. Un tres en uno que nos convierte –según ellos- en la envidia del resto del mundo.

Menos mal que tenemos un jamón que está para chuparse los dedos y, cuando algo es bueno y auténtico, no necesita aditamentos ni justificaciones. Claro que hablamos de otro cochino, al que no hay juntarle la pata con la oreja. ¿O sí?


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