La afición taurina en Pozoblanco

ARTURO LUNA BRICEÑO

Dedicado a todos los que esperan la feria y esperaron la feria para vivir una tarde de toros en el Coso de los Llanos. 



La creación de la Plaza de Toros de Pozoblanco, en tiempos de una Europa revuelta, nos invita a analizar por qué se hizo esta plaza. Los tres puntos claves en que basarnos son: La afición, la necesidad de potenciar la feria ganadera y aportar un recinto capaz de sufragar y amortizar los gastos de un gran espectáculo,

Ya vimos en el artículo anterior que la afición venía de largo. Utilizar la tauromaquia para convocar a los vecinos y a los comarcanos, también tenía sus antecedentes. Pero que los asistentes al espectáculo lo tuvieran que hacer con dinero se su bolsillo era algo nuevo. Y ante esta nueva faceta hubo de cambiar costumbres y adoptar otras nuevas. 

La afición antes de la corrida.


Los naturales de estas tierras, gente abierta, como corresponde a su condición de andaluces, gustan de invitarse a copear de manera cotidiana. Esta costumbre de intercambiar agasajo, confidencias, chanzas, alegrías y penas, es un ritual que se celebra siguiendo un itinerario de tabernas, como si de un Vía Crucis se tratara, al que llaman aparcería. Cada grupo de amigos recorre puntualmente y de forma cronológica la barra de un buen número de bares. Entre copa y copa, se habla de lo divino y de lo humano, es decir, ahora de fútbol y antes de toros. 

Tendido de sombra.


Pero la aparcería, la tradición mejor conservada de Pozoblanco, no parece tener siglos de poso y estancia. En el Interrogatorio del Catastro de la Ensenada hecho en 1754 a la pregunta de cuantas tabernas existían dijeron: “A la vigésima nona pregunta dijeron que en esta Villa no hay casa destinada para taberna pues es libre a los vecinos cosecheros la venta del vino por menor en sus casas y lo mismo algunos vecinos que se emplean en comprarlo por mayor y después lo ven.den en sus casas por menor”

Vista de la plaza de toros de Pozoblanco antes de la reforma.


En este apartado Pozoblanco, en los dos siglos y medio que han pasado, ha tenido un gran desarrollo.

La afición de Pozoblanco nunca fue tertuliana. A las reposadas charlas de café, vaso de agua y sillón, se antepusieron las acaloradas discusiones de barras de bar, donde a veces el tabernero tomaba partido para avivar el debate o para zanjarlo. 

Alberto Luna al fondo los viejos tendidos de sol.


Los aparceros, es decir, aquellos aficionados que gustaban del noble rito de la aparcería, solían mantener otra tradición: los fondos.

Los fondos eran depósitos de dinero que se dejaban en las tabernas de los barrios. Era rara la taberna que no tenía uno de estos “bancos” en Pozoblanco. 

Alberto Luna y amigos.


Cada parroquiano solía aportar una cantidad todas las semanas en el fondo. Con ese dinero, el tabernero podía financiarse en las compras del vino y atender otras necesidades de la taberna. 

Santiago Dueñas con Alberto Luna.


Este dinero acumulado a lo largo de un año, desde septiembre a septiembre, se distribuía el primer día de feria. Cada uno recuperaba lo ahorrado a la vez que era invitado a una “melocotonaá”. 

Alfredo Luna y Carmen Luna.


La mayor parte de la cantidad ahorrada en el “fondo” era destinada a adquirir la entrada de los toros. Y no era para menos. La entrada general el día la Inauguración de la Plaza en 1912 costaba la friolera de 3 pesetas. Hoy, comparando y cambiando el euro a pesetas, la media de una entrada estaría en 5.000 pesetas. 

Aparcería en la taberna del Londra.


Los fondos fueron el alma de la corrida de toros. Sin la existencia de estos bancos tabernarios, difícilmente Pozoblanco hubiera adquirido el prestigio taurino que tenía dentro de Andalucía. 

Eliseo Morán y familia con Chiquilín.

Paco Luna con Chiquilin.



Y durante años, el destino de la feria estuvo ligado a la existencia de los fondos. Cuando estos decayeron, las corridas feriales, comenzaron a perder calidad y aliciente para los naturales del pueblo y de los comarcanos. 

Manolo de Vega y ALejandro Sanchez.



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