Modesto, el gladiador que no dejó de luchar

EMILIO GÓMEZ



Dicen que se despidió de los suyos. Sabía que era su final. Y se fue. Después de más de nueve años de lucha contra un cáncer, del que le dieron seis meses de vida cuando se lo descubrieron en octubre del 2010. En todo ese tiempo no dejó de luchar por su vida. Sabía que se le escaparía antes o después. Él quería que fuera después y lo logró. Para ello se apoyó en ese espíritu suyo de superación, en el consuelo amoroso de sus Cármenes, de su familia y en sus aficiones. Correr, echar una mano en el pádel, estar presente en asociaciones y meterse en política. Todo esto le sirvió de analgésico a tantos dolores de cabeza y corazón que le provocaba la enfermedad. En realidad, mitigaba el dolor con esta medicación.
Modesto supo combatir la enfermedad y la soledad del ser humano ante una situación como esta. Rodearse de la gente. Eso le dio vida. Ahí está la clave para soportar la brevedad de nuestra existencia. Modesto fue un luchador feroz que persiguió su supervivencia apoyándose en las cosas importantes. Impresionó su manera de afrontar este reto. En el fondo, él estaba librando una lucha mayor mientras que los demás se perdían en luchas secundarias. Decía él en la última entrevista que le hicimos en la radio que se había llevado “un plus de nueve años de vida”. Se llevó más, pues fueron nueve años cargados de mucha vida. Modesto la afrontaba  como si todo se le fuera acabar mañana. Cierto es que se metió en algún charco. Perdonable porque al final lo que importa es ser buena gente. Modesto lo era. Desprendía algo especial.
Lo suyo fue una aventura increíble. La comedia frente al drama. “Maquíllate y ponte un disfraz cómico”. Fue lo que le dijo el productor Mack Sennett a Charles Chaplin momentos antes de rodar su segunda película. Y así nació Charlot. Modesto sabía que la muerte venía a por él y se disfrazó para que no lo reconociera pronto. Ese espíritu de Chaplin habitó en su interior aunque, en ocasiones, quiso cambiar un mundo que, en muchas cosas, no es transformable.
Una semana antes, en el Teatro El Silo,  los Premios de Cope del Deporte premiaron su lucha  sin saber que estaban despidiéndolo. Cristina García  dejó allí a los presentes desarmados  cuando le mandó un mensaje que sonaba a una melodía de vida preciosa: “Modesto, has ayudado a mucha gente en tu camino, la vida es una carrera de fondo, hasta el final, hasta el final “.  Y así lo hizo, hasta el final se agarró a su vida. No desperdició ni un instante de ella. Bonitas palabras para un luchador que sabía que había llegado a la meta entre los aplausos de los que le acompañaron en su caminar. “Quiero dedicar este premio a todas las personas que han pasado por mi vida”. Era el último mensaje que Modesto trasladó. Justo seis días antes de su partida. En esa Gala del Deporte  los allí presentes  se emocionaron y vieron que la vida de Modesto había estado cargada de una pasión muy hermosa. Nunca perdió el ánimo. Esa fue la clave de su éxito, su actitud. Desafió a la muerte luchando a fondo. Vivió con una entrega extraordinaria. Su adiós llegó también con la partida inesperada de otra persona joven y buena  como Ángel. Todo esto, así de repente, viene a recordarnos la insoportable levedad del ser. Un día, dos y al tercer día ya nos hemos ido. Las ausencias duelen pero lo que importa es lo que hagamos en la vida. Eso nadie lo puede borrar. Vivamos lo que vivamos.

Como decía Grossman “A diario, muchas veces,  sentado ante mi escritorio, toco el dolor y la pérdida como quien toca la electricidad con las manos desnudas, pero no muero. No sé cómo se produce este milagro”. Nueve años y cuatro meses duró el de Modesto, el eterno gladiador. Sus amigos del Club Maratón lo despidieron corriendo e imaginando que lo encontrarían. Lo hicieron mirándose dentro. Cada uno.

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